Apuntes peripatéticos

Irlanda dolorosa

Si en el mundo ha existido un pueblo profunda y sinceramente católico, este pueblo es el irlandés. En mi isla natal el cura, a diferencia de un pastor protestante, ha sido en general un chamán, un holy man al abrigo de críticas y suspicacias. Un ser tanto más poderoso e influyente, además, por cuanto la Iglesia siempre fue para los irlandeses no sólo un refugium peccatorum sino de quienes se sentían heridos en lo más íntimo ante el hecho de ser súbditos del Imperio Británico. Por ello, la sucesión de escándalos que desde hace años viene revelando hasta qué punto han sido traicionadas sucesivas generaciones de creyentes por sus jerarcas ha sacudido, y está sacudiendo hoy más que nunca, los cimientos de una sociedad que, como si no fuera suficiente, está conociendo al mismo tiempo los estragos de la crisis económica.
El reciente informe independiente sobre lo ocurrido es, según fuentes solventes, de una irrefutabilidad aplastante, documentando los sufrimientos en instituciones católicas de miles de víctimas de abusos sexuales. Y, para mayor inri, implicando al actual papa, entonces cardenal Ratzinger, quien, desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, instruía a los prelados en el arte de ocultar los desmanes a la autoridad civil, lo cual, en Irlanda, no resultaba difícil.
Me ha producido admiración escuchar el discurso en el Parlamento del nuevo presidente del Gobierno, Enda Kenny, acusando al Vaticano de minimizar la violación y la tortura de tantos y tantos niños. A los matones hay que plantarles cara. Bravo.