Duda soberana

El presidente del Banco Mundial pronosticó el sábado 3 de septiembre que la recesión le parecía inevitable. Se lo oí y me quedé de una pieza. Luego, unos días después, vino lo de donde dije digo, digo Diego y el mismo personaje razonó que le habíamos entendido mal y que la cosa no era para tanto. Nada de pedir disculpas. Parece increíble que alguien en un puesto de tanta relevancia internacional pueda hablar con tamaña irresponsabilidad. Pero así ocurre una y otra vez, con el resultado de que la gente normalita ya no sabemos a quién creer, ni qué.
Cada tarde, después de padecer los postreros segundos de Corazón corazón (bodrio inmundo que por lo visto la televisión estatal va a mantener ad nauseam), nos enteramos de los últimos vaivenes de la Bolsa de Madrid y otros entes del ramo. Y es para que a uno se le caiga el alma al suelo. Pues, a lo que se ve, el nivel de vida de millones y millones de seres humanos alrededor del globo está a merced de lo que digan, piensen, decidan o se inventen los titiriteros de las agencias de rating y demás parásitos de la usura, y esto porque los gobiernos, a quienes pagamos, no han sabido o querido poner orden.
Para consolarme acabo de releer la genial arenga que dirige don Quijote a los cabreros. Fabulosa e irónica evocación cervantina de aquella mítica y “santa” Edad de Oro en que se ignoraban “esas dos palabras de tuyo y mío”, se disfrutaba de de paz, amistad y justicia universales… y el oro de verdad era, no el tan codiciado metal, sino el irrenunciable respeto al prójimo.