Apuntes peripatéticos

Tordesillas (y 2)

He leído con fascinación y provecho los muchos comentarios a mi anterior apunte. Allí no arremetía, como da a entender uno de ellos, contra la tauromaquia como tal. No me gustan las corridas, es verdad, me niego a ir a una fiesta en la que el derramamiento de sangre, el sufrimiento y la muerte son condición sine qua non, pero reconozco que no se trata de un deporte sino de una ceremonia con raíces antiguas, un profundo sentido religioso y, a veces, arte y belleza. De modo que los insultos que se me dirigen en este sentido son injustificados.
Yo protestaba contra el vil y vergonzante espectáculo que de año en año se repite en Tordesillas, y que, estoy seguro de ello, ningún auténtico aficionado a los toros puede encontrar aceptable porque, en realidad, consiste en una ruin afrenta a la tauromaquia, cuya esencia es la posibilidad de que el astado prevalezca luchando contra el hombre que le fuerza a defenderse. Además hay que reconocer que la corrida hoy es menos cruel que antes, cuando a los caballos sin protección los toros les sacaban los intestinos.
Añadiré que nadie puede acusar a un torero de cobarde. A mí no se me ocurriría. Hay que ser muy valiente para afrontar un animal tan poderoso. Pero los lanceros de la villa de marras, y los que los apoyan, son de distinta catadura. Así como los energúmenos de otros lugares que, igualmente en nombre de las sagradas tradiciones, maltratan a las criaturas. Todos merecen mi desprecio. Sobre todo, insisto, las autoridades que, llamándose de izquierdas, callan y otorgan.