Apuntes peripatéticos

Muerte de un librero

La Cuesta de Moyano está de luto, y de luto estamos todos los que tuvimos la suerte de ser amigos del entrañable, caballeroso y elegantísimo José Fernández Berchi, el hombre que más sabía de libros en Madrid, que con más amor los acariciaba y a quien más le complacía compartir sus conocimientos al respecto con todo el que se le acercara en busca de orientación.
Uno llegaba a su caseta, casi la última de la pendiente, con la certidumbre de pasar allí un estupendo rato de cálida tertulia. Y de aprender mucho. Innumerables fueron los títulos que me recomendó a lo largo de los años y que luego se demostraron esenciales para la elaboración del texto en curso; legión de tomos "inencontrables" que, sin embargo, lograba localizar a través de su densa red de contactos gremiales (antes de la revolución informática); interminables sus anécdotas acerca de clientes célebres y menos célebres; terrible la angustia que le producía rememorar ciertos episodios de la guerra y de la dictadura.
Últimamente daba la impresión de irse haciendo cada vez más chiquitito, como si se estuviera metiendo dentro de sí mismo. Creo que el traslado provisional de las casetas al paseo del Prado, cuando empezaron las obras en Moyano, le hizo un grave daño. Allí, un día de invierno, acurrucado al lado de una pequeña estufa, con su Antoñita al lado, se quejó amargamente de la humedad que, procedente del Jardín Botánico, le helaba los pies. Luego el resultado final de aquellas obras no le gustó en absoluto. A uno tampoco. Ahora, con su dolorosa ausencia, nada será ya igual. Qué pena.