Pecadores confesos

El sacerdote católico no es un pastor protestante. Tiene conferidos poderes mágicos que atañen a lo más profundo del ser humano. Sobre todo –por lo menos visto desde el protestantismo– el de conceder, o negar, la absolución. Para la mente protestante la confesión institucionalizada católica constituye una abominación y un monstruoso engaño: un mecanismo para el rígido control de los fieles y para quitarles cualquier posibilidad de ser personas moralmente responsables. El protestantismo fomenta tanta obsesión con el pecado como el catolicismo, eso sí, pero a diferencia de Roma no ofrece soluciones eficaces al problema. Es su punto flaco. Deja al pecador a solas con un Dios iracundo y lejísimo cuyo presunto Hijo tampoco suele echar una mano. Y no reconoce a María, la mediatrix: es una religión sin diosa.
Lo comento a raíz de una conversación de hace unos meses con Miguel Dalmau, autor de una fascinante novela, La noche del Diablo (Anagrama, 2009), cuyo narrador es un cura moribundo que ha asistido en Mallorca a múltiples asesinatos de “rojos”. Dalmau razonaba –no creo traicionar una confidencia– que la confesión católica fomenta la abyección y la amnesia, y que, durante la guerra, si el clérigo de turno tenía claro que era lícito liquidar a los “sin Dios”, para el asesino eran inevitables la absolución y luego, el olvido. Olvido porque se había eliminado todo remordimiento.
Así funcionó la Iglesia española durante y después de la Gloriosa Cruzada. Ello podría explicar por qué muchos españoles se niegan todavía a admitir que aquí hubo genocidio.