Hienas negacionistas

Desde que empecé con estos apuntes en noviembre de 2008, el nombre de Baltasar Garzón ha aparecido con frecuencia en ellos. No podía ser de otra manera, pues el denuedo quijotesco del juez ha sido para mucha gente –y me incluyo– una inspiración para seguir luchando, cada uno a su manera, contra los miserables negacionistas de este país, contra los David Irving en versión española, empeñados en no reconocer nunca que aquí hubo un régimen genocida al que incumbe pedir cuentas. Ahora que la jauría de fieras se ha salido con la suya, logrando con ello cubrir de lodo el buen nombre de la democracia española en el mundo, ¿cómo no padecer la más lacerante de las vergüenzas ajenas y no sentirse desesperado ante la afrenta que todo ello supone para las víctimas, sus familiares y la verdad histórica?
No puedo evitar tener presente, este aciago viernes 14 de mayo de 2010 en que escribo, la etiqueta colgada por James Joyce alrededor del cuello de la Irlanda mezquina de entonces, siempre dispuesta a hundir a sus mejores: “La vieja cerda que se come su propia lechigada”. El autor de Ulises, hoy gloria nacional incontestada, hablaba desde su amarga experiencia personal. No olvidó nunca cómo sus compatriotas acabaron con la carrera del gran político que fue Charles Parnell. Y recibió en sus propias carnes las flechas envenenadas de la envidia.
La envidia. El odio a quien brilla con luz propia. La mentira: hubo matanza en Paracuellos pero en Badajoz no pasó nada. Si escribir en España es llorar, también lo es, a veces, ser hispanista. Hoy, por ejemplo.