Apuntes peripatéticos

Gibraltar

En Casemates Square me acerco a un quiosco. "¿Tienen algún diario español, por favor?" "No, en absoluto –me espeta, en inglés, la encargada–. Aquí somos británicos. Para comprar prensa española hay que ir a España". Pruebo en distintas papelerías, con el mismo resultado negativo. Y es que en Gibraltar no quieren saber nada de este país.

Tampoco de James Joyce. Le pregunto al ministro de Cultura del enclave si ha habido allí algún detalle para con el escritor. Me mira extrañado. Le explico que el autor de Ulises se lo merece, ya que, en toda la genial secuencia final de la novela, Molly Bloom vuelve entre sueños a sus años de infancia y adolescencia en la Roca, con mucho énfasis sobre sus primeras experiencias amorosas. Le digo que sin Gibraltar no hay Ulises. ¿Y no es un hecho que llegan hasta el Peñón numerosos joyceanos, como yo, con la finalidad de conocer sobre el terreno los sitios evocados por Molly, entre ellos la Alameda, la iglesia de Santa María, el faro de Europa Point y la Torre de O’Hara (punto más alto del gigante, con vistas fabulosas de África y de la costa andaluza)?

Pues no, en Gibraltar –que ostenta una de las más fascinantes bibliotecas del Mediterráneo– no hay constancia oficial de nada de ello. Lo que hay es una gastronomía pobrísima, unos monos bastante desagradables y, después de las siete de la tarde, el aburrimiento más absoluto del cosmos.

Molly se pregunta, dormida, si algún día volverá. En mi caso entretengo pocas dudas al respecto. Al desembarcar en Algeciras experimenté unas ganas locas de besar el suelo. ¡Qué alivio!