Apuntes peripatéticos

Pasándolo pipa

Por primera vez en mi vida soy presidente de algo, aunque sólo sea, por rotación y durante dos años, de la comunidad de propietarios de una casa. Lo malo es que la condición presidencial, como he venido descubriendo, no sólo conlleva unas mínimas responsabilidades rutinarias e ineludibles –cambiar la bombilla de un pasillo, llamar al administrador en caso de una inundación en el sótano, sacar la basura los domingos, etc.–, sino también tener que pedir de vez en cuando, en interés del bienestar de la mayoría, unos comportamientos un poco más cívicos por parte de algún morador (o moradora) del inmueble.
Las habituales pipas del ascensor, por ejemplo. Todavía no sé quién diablos las deja allí. Las manchas de huevo sí, aunque la vecina que, varias veces por semana, prepara ingentes cantidades de tortillas de patata para el bar de su hijo niega que sea ella la culpable.
¿Y la otra señora, la de los perros chillones, la especializada en portazos tan contundentes que sacuden todo el edificio? ¿Cómo llamarle la atención sin ofender?
Tampoco dejan de hacer acto de presencia entre nosotros las sempiternas colillas nacionales, no sólo en el susodicho cubículo movedizo, sino en el portal, el área más transitada de la casa... y su escaparate. Si la gente no las tira al suelo en su hogar, ¿por qué lo hace nada más abandonarlo? Se impone la hipótesis de que a muchos compatriotas no les explicaron nunca que los espacios comunes son eso, comunes, y que se deben cuidar entre todos. Si es así, razón de más para no oponerse en las escuelas a la asignatura de Educación para la Ciudadanía.