Apuntes peripatéticos

Cruces

Entre las muchas cosas que hay que agradecer a los franceses están su secular falta de miedo ante el hecho amoroso-sexual (y su consiguiente joie de vivre) y el haber sabido, tiempo atrás, separar tajante y definitivamente Estado e Iglesia. Para cualquier mentalidad gala, confesional (con alguna excepción) o no, la presencia de una cruz en las aulas estatales resultaría intolerable.
España, otra vez, es diferente. Aquí tenemos una Constitución que consagra dicha separación, pero la jerarquía no se resigna a dar por perdida la batalla de las cruces. Parece increíble que a estas alturas, no contentos con desplegarlas generosamente en sus propias instituciones, quieran que se mantengan en las demás. Pero es así.
En vísperas de que el Tribunal de Estrasburgo dictamine sobre el llamado caso Lautsi contra el Gobierno de Italia, que gira en torno al mismo asunto, el portavoz de nuestros obispos intenta convencernos de que, gracias al cristianismo, "Europa ha sabido abrirse al principio de la libertad religiosa" y que "todos los logros de la civilización surgen en torno al crucifijo". Es extraño que alguien sea capaz de razonar así hoy en día, pues, con más peso, se puede alegar lo contrario: que el cristianismo institucionalizado ha sido un desastre para la humanidad, fuente de infinitos sufrimientos, crueldades y baños de sangre.
Hago votos (laicos) por que las cruces desaparezcan cuanto antes de todos los espacios públicos europeos, los españoles entre ellos. El cristianismo de Jesús es la fraternidad, el respeto al otro. No le incumbe recomendar nada más.