Apuntes peripatéticos

Nadie es más que nadie

Se lo oyó a un viejo pastor de la paramera soriana, a orillas del Duero, lo repitió y glosó después en diversas ocasiones, y nunca lo olvidó. Para Antonio Machado aquel proverbio, aforismo o adagio, aquella sucinta reivindicación de la modestia, expresaba admirablemente, en sólo cinco palabras, el súmmum de la sabiduría popular. ¡Nadie es más que nadie, no hay encumbramiento que no sea provisional! ¡Cuidado con las arrogancias, con los humos!
A lo largo de estos días jubilosos se ha comparado más de una vez el talante de Vicente del Bosque con el del poeta de Campos de Castilla. Y creo que con absoluta justicia. Producto de la Institución Libre de Enseñanza (importador, si no me equivoco, del primer balón futbolístico de España), Machado siempre abogó por el fair play, por el tener en cuenta al otro, por el saber perder con dignidad y, como era la norma en la ILE, por el esfuerzo colectivo. Difícil, pues, no pensar en él y en la incomparable escuela dirigida por Francisco Giner de los Ríos al observar no sólo la manera de ser del entrenador –su hombría de bien, su mesura, su afabilidad, sus detalles para con los demás–, sino el espíritu de equipo tan juvenil, simpático y alegre que anima a sus jugadores en el campo y fuera.
No he visto nunca, en ningún lugar, una celebración nacional como la del lunes pasado. No sé qué habrá dicho al respecto la prensa extranjera, pero a mí me ha levantado la moral y me ha confirmado en lo que siempre he creído: que este país, con la inmensa vitalidad que tiene, sería imparable si se uniera en lo fundamental.