Opinion · Aquí no hay playa

¿Qué hacemos ante el feminicidio?

Asistimos este verano a un repunte de la violencia machista. O, mejor dicho, estamos viviendo un aumento del número de asesinatos (la cúspide de un problema estructural) de mujeres a manos de hombres, en muchas ocasiones parejas o ex-parejas. Este hecho ha generado multitud de artículos y análisis que ponen el foco en las diferentes aristas que tienen las violencias machistas. Sin embargo, la violencia machista no es uno de los problemas que más preocupan a nuestra sociedad: solo un 0.2% lo consideran un problema principal, según el CIS. Ante este problema, de una magnitud abrumadora, nos encontramos ante una encrucijada: podemos ser cómplices de una forma de entender el mundo que genera sufrimiento, desigualdad y violencia; o podemos ser aliados del sujeto [las mujeres] sobre el que cae todo el daño e intentar aportar soluciones desde nuestra posición.

Existen numerosas maneras de ser aliados: los medios pueden informar sin caer en una visión romántica o normalizadora de los asesinatos, los artistas pueden pronunciarse contra los productos culturales ─incluso los suyos─ que ensalzan elementos que perpetúan o legitiman las violencias machistas, las instituciones ─a las que han llegado opciones de cambio─ pueden poner en marcha medidas que aborden el feminicidio con la seriedad que requiere, de manera integral y no sólo centrando las campañas en que las mujeres «eviten ser asesinadas, violadas o maltratadas» e incluir una perspectiva, poco frecuente, de que los hombres «no asesinemos, no violemos o no maltratemos».

Pero nosotros, como hombres, ¿qué podemos hacer? Podemos adoptar una actitud cínica y decir que esto no va con nosotros. O, en su versión menos cruda, afirmar que ya hacemos todo lo que está en nuestra mano. Es una opción sencilla. Supone hacer oídos sordos a un clamor que nos exige posicionarnos. Pero también podemos enfrentarnos a un problema que está costando vidas.

Podemos reflexionar y entender que el feminismo, la exigencia de igualdad y de tratar a todo el mundo como si fueran personas, no consiste en ir en contra de los hombres en tanto que hombres sino de combatir las actitudes, comentarios, posiciones y pensamientos machistas. Por lo tanto, antes de indignarnos y poner el grito en el cielo por las generalizaciones o esgrimir el ya manido «no todos los hombres», sería mejor que revisáramos si estamos reproduciendo alguna de las cosas ─de una extensa lista de injusticias─ que el feminismo denuncia. Es muy probable, por no decir seguro, que estemos haciéndolo. Si orientásemos todo ese ingenio y tiempo que dedicamos a llamar feminazis o dictaminar cómo debe ser el feminismo a revisarnos y cambiar, todo resultaría algo más sencillo.

Lo de tratar a las mujeres como ganado, pensar que requieren conocer nuestra opinión sobre su aspecto, concebir nuestras relaciones afectivas como si de propiedades se trataran o esbozar una sonrisa o un silencio cómplice ante comentarios machistas son de esas cosas que también podemos evitar. De estas cosas que, llamadme loco, por normalizadas no dejan de perpetuar la desigualdad. Además, a la revisión del “pacto no escrito entre caballeros” podemos incluir una asignatura pendiente, la de generar, en diferentes ámbitos, referentes que no respondan a esa masculinidad hegemónica que se construye sobre la agresividad, el egocentrismo, la posesión enfermiza, la vinculación hombre – espacio público y mujer – espacio privado o la incapacidad de mostrar sentimientos.

La cuestión es que el feminicidio, y por tanto la violencia machista, tiene que ver con nosotros. Y mucho. De nada sirve echar balones fuera, apelar al carácter sempiterno del fenómeno o señalar que es una cuestión estructural y que por lo tanto no sirven de nada los cambios en las actitudes cotidianas. No estamos sobrados de herramientas, pero quienes llevan tiempo trabajando y pensando sobre esta lacra nos señalan algunos caminos. Explorémoslos, ampliémoslos.