Aquí no se fía

De incompetentes a sinvergüenzas

La derecha política y mediática lleva tiempo dando la matraca con el efecto perturbador que las protestas sociales y la deriva soberanista en Cataluña tienen sobre la imagen de España. Pero probablemente nada nos perjudique más como país –y, por supuesto, ante los inversores extranjeros– que un partido de Gobierno metido hasta las trancas en el nauseabundo fango de la corrupción.

 
Se mire como se mire, la contabilidad secreta del extesorero Luis Bárcenas, que refleja supuestos sobresueldos en dinero negro a altos dirigentes del PP entre 1990 y 2008, es una importante mancha reputacional en nuestra pechera. Sobre todo teniendo en cuenta que uno de los beneficiarios de esos pagos irregulares –según la documentación conocida ayer– sería el mismísimo Rajoy.

 
Como consecuencia de ello, el PP y su presidente, que nos vendieron la milonga de que cuando llegaran al poder se recuperaría la confianza exterior en España, se han convertido en un auténtico lastre. Porque si con Zapatero podía existir fuera la impresión de que nos gobernaban incompetentes, ahora seguramente habrá quien piense que nos gobiernan unos auténticos sinvergüenzas.

 
Hasta que la justicia diga la última palabra, no puede darse por bueno que los papeles de Bárcenas responden a la realidad, aunque las torpes explicaciones de Cospedal invitan a ponerse en lo peor. Pero, mientras tanto, ¿con qué cara va a presentarse el Gobierno ante los ciudadanos para exigirnos nuevos sacrificios o ante los prestamistas internacionales para que nos sigan financiando?

 
Si de confianza se trataba, poca pueden transmitir quienes aparentemente se han metido en el bolsillo durante años una buena tajada de los fondos que el partido recibía de sus donantes. Y a esos efectos no tiene demasiada relevancia que fuera para sobresueldos, para otorgar préstamos a los dirigentes –como ha reconocido Pío García Escudero– o para trajes.

 
La clave es que arramblaron con un dinero que no era suyo –aunque lo administraran– y que ni siquiera tuvieron la decencia de declararlo a Hacienda. Y si eso lo hicieron a costa de su propio partido, ¿quién puede estar seguro de que no lo vayan a hacer también –si no lo han hecho ya– con el dinero de todos nosotros?