Aquí no se fía

Una reforma fiscal infumable

La reforma fiscal que ha propuesto el comité de sabios presidido por Manuel Lagares es un auténtico despropósito y su aplicación tal y como la conocemos agrandaría las desigualdades sociales que la crisis ha propiciado en España. Puede que esos expertos –catedráticos todos ellos– acumulen un alto conocimiento de la técnica tributaria, pero han demostrado con sus infumables sugerencias que no tienen ni repajolera idea de la realidad que les circunda.

En un país como el nuestro, donde la recesión ha hecho saltar por los aires la economía de la mayor parte de las familias, no parece de recibo una reforma fiscal que beneficia descaradamente a las rentas altas y perjudica sin piedad a los que menos tienen. Porque ése y no otro es el resultado de reducir los impuestos directos –sobre todo a las clases acomodadas– y compensar la consecuente merma de la recaudación con una subida de los indirectos.

Por lo que respecta al IRPF, los grandes agraciados por la propuesta de los sabios son los contribuyentes con ingresos superiores a los 300.000 euros anuales, que verían rebajada su carga fiscal hasta seis puntos, dependiendo de la comunidad donde tengan su residencia. También saldrían ganando aquellos a los que su situación económica todavía les da para ahorrar, pues el gravamen sobre los rendimientos del capital bajaría al 20%, lejos del 27% al que puede llegar ahora.

Todo eso suponiendo, claro está, que las rentas altas tengan a bien declarar el IRPF, en vez de usar –como hacen muchos– los mecanismos de elusión fiscal tolerados por Hacienda, como las tristemente célebres sicavs. Por cierto que Lagares y sus expertos no demuestran interés alguno por eliminar mecanismos de tan dudosa moralidad, puede que presos del recurrente chantaje que se ha venido en llamar "deslocalización del ahorro".

Al haber exigido Montoro al comité de sabios que su reforma tuviera un coste cero desde el punto de vista de la recaudación, la rebaja del IRPF lleva como contrapartida principal un aumento del IVA para productos que forman parte esencial de la cesta de la compra. El pollo, la carne, el pescado, el azúcar, el aceite, la pasta, la bollería, las conservas y hasta la comida para bebés pasarían del tipo reducido (10%) al tipo general (21%), lo que supondría un encarecimiento medio del orden de 340 euros al año.

Para las familias que disfrutan de un elevado nivel de ingresos, esa subida puede tener poca relevancia, pero para el resto entraña un nuevo sacrificio, que se añade a todos los que se les llevan exigidos desde que empezó la crisis. No olvidemos que en España hay casi 700.000 hogares sin ningún tipo de ingresos, según la última EPA, y el paro y la caída de los salarios han traído un empobrecimiento general de la población del que los sabios no parecen haberse dado cuenta.

Tan descabellada es su propuesta que ni siquiera el Gobierno está dispuesto a aceptarla; no porque el cuerpo no se lo pida, sino por el coste electoral que endosaría al PP. Tenemos a tiro de piedra las europeas y, el año próximo, las municipales, las autonómicas y las generales. Pero luego, si la derecha sale airosa de estas citas a pesar de sus descabelladas políticas, veremos a ver qué pasa.
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