Aquí no se fía

Ana Patricia Botín, en un mundo de señores mayores

El huracán que se desató con motivo de las última elecciones europeas, debido en buena medida a la impetuosa irrupción de Podemos, ha propiciado una cierta renovación generacional en la primera línea de lo que se ha dado en llamar "el régimen del 78". Como consecuencia de ello, hoy cuentan con nuevas personas al frente desde la Corona –en la que se aplicó a toda prisa el automatismo sucesorio para esquivar un debate a fondo sobre la forma de Estado– hasta los dos partidos de izquierda con mayor representación parlamentaria, PSOE e IU, que han fiado su suerte a Pedro Sánchez y Alberto Garzón, respectivamente. Incluso la Iglesia –aunque por otra razones– parece haber cedido a la necesidad de cambio, como ha demostrado el relevo casi simultáneo en la Conferencia Episcopal y en el Arzobispado de Madrid de uno de los jerarcas más nocivos de nuestra reciente historia eclesial: el cardenal Rouco Varela, al que han barrido los nuevos aires que el Papa Francisco sopla con intermitente intensidad desde Roma.

En el mundo de los negocios, el relevo más reciente ha traído causa de la inesperada muerte de Emilio Botín, un personaje que formaba parte del paisaje financiero desde hace casi cincuenta años y que, con su aspecto bronceado y su impropia vitalidad –estaba punto de cumplir 80 años–, parecía disfrutar de una salud de hierro que según se ha visto no tenía. Como si el Santander fuera una propiedad de la familia Botín, la jefatura del banco –veremos si el poder– la ha heredado su hija Ana Patricia (54), que llevaba lustros preparándose para la sucesión, después de haber sido expulsada a las tinieblas exteriores en 1999 por un quítame allá esas pajas con el futuro consejero delegado, Ángel Corcóstegui, que a punto estuvo de estropear la fusión con el Central-Hispano. El padre tuvo que tragarse entonces un sapo de notables proporciones, pero acabó dando puerta al atrevido que le puso en tal aprieto –eso sí, con una indemnización de las que hacen época– y recompensando a su hija con la Presidencia de Banesto.

De ahí pasó Ana Patricia Botín a la city londinense, en la que velaba por los intereses del Santander en el Reino Unido hasta que el fallecimiento de su padre la ha llevado a lo más alto, donde –quiéralo o no– se va a convertir en símbolo y precedente del rejuvenecimiento del mundo empresarial y financiero. Un rejuvenecimiento que es inevitable por razones puramente biológicas, ya que hay en España muchas grandes corporaciones –demasiadas quizás– que tienen al frente a personas que en condiciones normales estarían al borde de la jubilación o llevarían tiempo jubiladas. Juan Miguel Villar Mir, presidente de OHL, por ejemplo, tiene 82 años; José Lladó (Técnicas Reunidas), 80; Isidoro Álvarez (El Corte Inglés) y Salvador Gabarró (Gas Natural Fenosa) 79; Isidro Fainé (Caixabank), 72; Francisco González (BBVA) va a cumplir 70; César Alierta (Telefónica) ha hecho 69; Florentino Pérez (ACS) y Leopoldo Fernández Pujals (Jaztell), 67; Josep Oliú (Sabadell), 65...

El ascenso de Ana Patricia Botín a la cumbre del Santander no sólo pone en evidencia a esta auténtica gerontocracia, sino también que la presencia femenina en los puestos de máxima responsabilidad de las empresas españolas sigue siendo una rareza: sólo hay otra presidenta en el Ibex 35, Ana María Llopis, de Dia; el resto son todos varones. En los consejos de administración, el reparto de fuerzas también está muy desequilibrado, pues los hombres copan un 84% del total de los asientos, y hay tres compañías (Gas Natural Fenosa, Sacyr y Técnicas Reunidas) que no cuentan con ninguna mujer, según un informe publicado hace poco al alimón por la consultora Inforpress y la escuela de negocios IESE. Esta desproporción, además, no tiene visos de corregirse sustancialmente, pese a las recomendaciones de las autoridades españolas –que son eso: sólo recomendaciones– y al objetivo de la Unión Europea de llegar a 2020 con un 40-60%, para el que todavía nos queda mucho camino, que no todos van a recorrer de buena gana.

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