Aquí no se fía

Que devuelvan a Bankia hasta el último euro

Me sorprende la rapidez ("supersónica" diría Mas) con que han reaccionado el PP y el PSOE ante el último pastelazo descubierto en Bankia. Ya lo conocen ustedes: casi un centenar de consejeros y altos directivos de la entidad y antes de Caja Madrid dispusieron durante más de una década de tarjetas de crédito sin rendir cuentas a nadie. Era, literalmente, dinero negro de plástico, porque se cuidaron mucho de declarar su existencia a Hacienda. Con él gastaron a manos llenas en comidas, viajes y ropa Miguel Blesa, Rodrigo Rato y lo más granado de la corte de ambos. Hasta efectivo sacaron con esas mágicas tarjetas, que todo lo conseguían y, por si fuera poco, parecía que ni siquiera dejaban huella. Unos quince millones y medio se pulieron entre 1999 y 2012, según los datos que maneja el juez de Fernández Andreu. Aparte de sus cuantiosas retribuciones oficiales, por supuesto.

Como decía al principio, a los dos grandes partidos les ha faltado tiempo esta vez para pasar factura a los implicados en tamaña desvergüenza. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, tan necesitado de gestos, ha ordenado la expulsión fulminante de cualquier socialista que tenga algo que ver con el asunto. Y el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, del PP, ha cesado sin pérdida de tiempo a su director general de Economía, Pablo Abejas, que fue uno de los beneficiarios de las tarjetas en tiempos de Blesa. Otro de ellos, Carmen Cafranga, que estaba al frente de la Fundación Obra Social y Monte de Piedad de Caja Madrid, presentó su dimisión ayer, pocas horas después de que los detalles de la infamia, con los nombres y apellidos de sus principales responsables, aparecieran en la prensa.

Esa celeridad me choca porque, aun siendo abochornante el escándalo de las tarjetas, su volumen económico es una minucia en comparación con el quebranto para los españoles de la pésima y seguramente punible gestión de Caja Madrid y después de Bankia. Más de 24.000 millones de euros (cuatro billones de las antiguas pesetas, que se dice pronto) nos va a costar la broma, sin contar los intereses devengados por la parte del rescate bancario que fue a tapar su agujero. Pero por eso nadie ha depurado aún responsabilidades políticas, pese las fundadas sospechas de que ni el Banco de España, presidido por el socialista Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ni la Comunidad de Madrid, en manos de Esperanza Aguirre y que también tenía funciones de control, actuaron en su momento con la debida diligencia.

De todas formas, los quince millones y medio de las tarjetas opacas los acabarán pagando aquellos que ustedes se imaginan: los mismos que hemos tenido que apechugar con los 24.000 necesarios para evitar la quiebra de Bankia. Porque dudo mucho que quienes tan alegremente se los gastaron (entre los que figuran sindicalistas y empresarios) vayan a tener ahora la decencia de devolver hasta el último euro y a liquidar con el fisco todo lo que eludieron. Es verdad que tres de ellos, incluido Rato, ya lo han devuelto en previsión de males mayores; pero hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar que el resto vaya a seguir su ejemplo. De entrada, algunos han puesto la excusa de que se les había asegurado que todo era legal, sin duda con objeto de esquivar las consecuencias económicas y penales del caso. Quizás esperan que nos creamos que eran los tontos más listos del pueblo.

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