Opinion · Aquí no se fía

Bankia y el silencio de FG

Un juicio, en teoría, debe servir para que aflore la verdad. Pero para lo que sirve de verdad es para comprobar cómo cada cual intenta salvar su culo prioritariamente. Así se demuestra día a día en el juicio que se sigue contra los dirigentes del procès, donde parece que alguien haya dado la voz de sálvese quien pueda. Y así se está demostrando también en el juicio por la salida a Bolsa de Bankia, que esta semana ha contado con el testimonio de Francisco González (FG), expresidente del BBVA; ese señor sobre el que recaen serias sospechas de que ordenó espiar a empresarios y altos cargos del Gobierno que en 2004 habrían conspirado para intentar moverle la silla.

FG, que comparecía en calidad de testigo, se dedicó a repartir estopa a diestro y siniestro, y vino a decir que fue el único banquero capaz de resistirse a las presiones de todo tipo recibidas para apoyar la colocación pública de acciones de Bankia. Con ese aire de suficiencia que le caracteriza, aseguró que él ya sabía que la cosa iba a acabar mal, porque la negativa de los inversores internacionales a participar en la operación era prueba inequívoca de que la entidad “no valía nada”. Gracias a su perspicacia, el BBVA fue el único gran banco que se libró de los quebrantos derivados de aquel fiasco.

Pese al tono claramente inculpatorio de su declaración, FG sostuvo que los promotores de la salida a Bolsa actuaron movidos por el bien de España, en la creencia de que de esa manera evitaban males mayores y, en particular, el por entonces tan temido rescate. O sea, que era gente de buena fe, pero equivocada; no como él, que estaba al tanto de que las cuentas de Bankia no se sostenían y de que, en consecuencia, la cosa sólo podía acabar en desastre. El tiempo le dio pronto la razón: 360.000 ahorradores perdieron su dinero (si bien lo recuperaron luego), el Estado tuvo que intervenir y hubo que echar mano de más de 22.000 millones de euros procedentes de un préstamo de la Unión Europea respaldado por los contribuyentes.

En realidad, FG no dijo ante el tribunal prácticamente nada que a estas alturas no se supiera; más bien se limitó a corroborar la idea, muy extendida, de que tanto las autoridades como la inmensa mayoría del sector quisieron sacarse de encima el problema de Bankia de cualquier manera, aun a costa de presentarla en el mercado como la perita en dulce que no era. Si para ello había que mostrar cuentas que no reflejaban fielmente la realidad, pues se mostraban. Si para ello había que aprovecharse de quienes vieron en la salida a Bolsa una oportunidad de hacer fortuna, pues se aprovechaba. “Es el mercado, amigo”, diría cínicamente años después Rodrigo Rato.

Lo que no ha llegado a explicar FG esta semana es por qué, si barruntaba lo que barruntaba, nunca dio la voz de alarma. De sus palabras se puede deducir que la colocación de Bankia tenía todas las trazas de convertirse en un fraude. “No valía nada”, pero fue valorada oficialmente en 6.500 millones, sin que ninguno de los que estaban en el ajo, incluido él, dijese una sola palabra. Es verdad que el retraimiento del BBVA resultaba elocuente, pero habría sido más encomiable una advertencia pública suya o que se hubiera ido al juzgado de guardia directamente. Pese a tener tan claro el engaño que estaba urdiéndose, prefirió guardar un ominoso silencio.

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