Aquí no se fía

El mal trago de la banca

A los bancos españoles (al menos a los de mayor tamaño) se les ha atragantado la tradicionalmente festiva presentación de resultados, en este caso los correspondientes al ejercicio de 2019. De los seis que pertenecen al Ibex, cuatro (Santander, BBVA, Caixabank y Bankia) ganaron el año pasado bastante menos que en 2018. En conjunto, los beneficios cayeron un 19%, que no es poca cosa teniendo en cuenta que se trata de la flor y nata del sector.

La causa principal de semejante retroceso es bien sabida: la dificultad de las entidades para adaptarse a la política de tipos superbajos impulsada desde el Banco Central Europeo. Los ingresos por intereses bajaron un 4,3% en el Santander, un 1,4% en el BBVA (contando en los dos casos exclusivamente sus actividades en España), un 1,3% en Bankia y un 1,4% en el Sabadell. Sólo Caixabank (+0,9%) y Bankinter (+8,8%) lograron salvar los muebles.

Para contrarrestar esta sangría, los bancos han optado por aplicar comisiones a tutiplén; no ya a sus servicios de mayor valor añadido, sino también a los más comunes, como el mantenimiento de cuentas corrientes. Sólo se pueden librar de ellas (y no siempre) quienes proporcionen un negocio añadido (domiciliación de recibos, pagos con tarjeta, contratación de seguros, planes de pensiones, fondos de inversión), a los que ya se les sacará el dinero por otra parte.

Los más agresivos están siendo, curiosamente, quienes con más ardor enarbolaron hasta hace poco la bandera de la exención de comisiones. Santander y Bankia han dado a este respecto una clamorosa marcha atrás; eso sí, después de atraer miles de clientes que ahora es muy probable que se sientan defraudados. También BBVA o Sabadell se han subido a la ola, elevando el precio de sus servicios, aumentando las exigencias para no pagar por ellos o ambas cosas a la vez.

Otra vía para reequilibrar las cuentas es la reducción de costes allí donde todavía se pueden reducir, en la estructura, porque los depósitos hace tiempo que no los remunera prácticamente nadie. Pese a la dieta de adelgazamiento a la que se sometió la banca española durante la crisis, con un recorte de su capacidad instalada de en torno al 30%, la tentación de obtener nuevos ahorros es muy fuerte, aprovechando la transformación digital.

¿Tienen todas las entidades financieras músculo suficiente (es decir, capital) para seguir dando hachazos a sus costes de estructura? Depende de cuáles, supongo. Porque prescindir de una sucursal es relativamente fácil y de un proveedor no digamos; pero deshacerse de los trabajadores es harina de otro costal. Sólo el año pasado, los ERE del Santander y Caixabank tuvieron un impacto en sus resultados de 600 y 890 millones de euros, respectivamente.

¿Serviría de algo, como se viene diciendo, un agrupamiento a través de fusiones? Puede ser, pero hay que tener en cuenta dos cosas. Primero, que el proceso de concentración puede producir solapamientos y demandar nuevos recortes, es decir, más dinero. Segundo, que la unión de dos bancos alumbra un banco mayor, pero no necesariamente mejor, porque la suma de dos debilidades no siempre trae consigo una fortaleza.

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