Opinion · Puntadas sin hilo

Jueces sumisos a los partidos políticos

Una de las cuestiones sobre las que más se insiste es la de la sumisión de los jueces a los intereses de los partidos políticos, o si se prefiere, la inexistencia de separación real de poderes judicial y político.

La respuesta es abrumadoramente que SÍ existe esa sumisión.

Mi humilde respuesta es que NO.

Creo que tal abrumadora respuesta obedece, dicho sea con respeto, o a un grave desconocimiento de la función de la justicia o a un espurio interés de denigrarla.

Por eso, aun saliéndonos de las prioridades en los razonamientos, vaya por delante una pregunta clave: Si ustedes fueran jueces, ¿se someterían a la hora de dictar sentencia a quienes les hubieran patrocinado para el cargo o dictarían sus resoluciones conforme a su honesto entender de la ley?  Si, como creo, es que no, que ustedes no se someterían, ¿por qué piensan entonces que los jueces sí?, ¿son ustedes honestos y ellos no? ¿Por qué? ¿Son ustedes más puros, son ellos prevaricadores y ustedes no?  Naturalmente, en seguida contestarán que no hace falta presionarles porque para eso han “designado” a jueces de su misma cuerda ideológica. ¿O sea que todos podemos tener cuerda ideológica y los jueces no, qué son, robots? Un principio elemental de razonamiento es que una cosa es tener ideología, como usted y como yo, y otra que no tengan independencia total para interpretar la ley, además de ser inamovibles.

La siguiente contestación que harán es que eso ocurre por ser los partidos políticos quienes designan a los jueces de más alta e importante relevancia. Y se pasa a defender que debieran ser nombrados por y entre los propios jueces. Es decir, la justicia gremialista y corporativista. ¿Eso es lo que quieren? Aparte de que ya se intentó y fracasó.  Bueno, seguirán, pues que los nombren los ciudadanos directamente. Así, los diputados y senadores españoles, ¿no representan a los ciudadanos? Pero es mejor, y más directa, dirán, ésa es la participación activa en la democracia. Resulta que eso es imposible en nuestro sistema occidental de justicia con el Código Napoleónico como referencia vigente y en el que es preciso que los jueces sean profesionales especialistas en Derecho. ¿Se imaginan, además, el caos que supondría, a quién votaría usted para ser Magistrado del Tribunal Supremo, por ejemplo, a quien se anunciase en la tele?  Eso solo cabe y en parte en el Reino Unido y EEUU, y aun así, ¿qué dirían ustedes si a todos los miembros del Tribunal Constitucional o Supremo los nombrasen directamente el Rey o el Presidente del Gobierno, como ocurre en EEUU con el Presidente de la nación?

El caso es que lo fácil es protestar y repudiar, pero nadie propone una solución mejor.

También se habla de la separación de poderes que reclamaba Montesquieu, olvidando la época absolutista y la imposible transposición a nuestro tiempo.

Se ignora también que nuestro sistema judicial ofrece garantías más que sobradas, puesto que toda decisión judicial tiene al menos un recurso, o dos, o tres, e incluso ante Europa.

“Se sabe a quién van a votar”. Y se saben las opiniones de ustedes, pero no por ello ni ustedes ni ellos son corruptos. Y no es así, ni mucho menos.

O de las necesarias purgas de franquistas que aún perviven en nuestra justicia. ¿Y no de los ciudadanos franquistas? Mientras cumplan con la legalidad tienen todo el derecho del mundo. Y lo de la palabra “purga”, ¿es admisible?

Finalmente, se insiste en que las decisiones no son unánimes ni entre los propios tribunales, ni las de los tribunales superiores coincidentes con las de los tribunales recurridos. Eso ya es el colmo del despropósito. Si todos los miembros de un tribunal y los de los tribunales superiores tuvieran que ser unánimes, no harían falta, bastaría con un solo juez. La contradicción y el respeto a las decisiones de las mayorías y a las de los tribunales de instancia, son un principio básico de una mínima creencia en la democracia. En todos los tribunales del mundo no dictatoriales, hay cientos de miles de casos de sentencias discrepantes.

Espero no haberles convencido de nada. Pero es lo que pienso.