Puntadas sin hilo

La realidad y el desprecio

Ya en la parte final de mi vida, resulta desalentador comprobar que lo sostenido por los viejos reaccionarios, por no decir fascistas, de que los políticos son un asco se convierte en realidad. Porque, vamos, que el Presidente afirme como hizo ayer, que lo que le ha impedido cumplir su programa es la realidad y no dimita es realmente asqueroso.

Pero es que además el tipo dice que está convencido de que cumplir con su deber le llevará a volver a ganar las elecciones. ¿Pero de qué deber habla?, ¿el deber de hacer aquello en lo que no cree? ¡Qué indecencia y súmmum de asco!

Claro que lo grave y no menos repudiable es que sus votantes le sigan apoyando aun a sabiendas del incumplimiento doloso del programa para el que le legitimaron. Y naturalmente enseguida encuentran las razones: el hombre hace lo que puede, está todo muy difícil, no hay otra solución, los otros son peores. Repugnantes coartadas, en vez de decir ‘le votamos porque es de los nuestros, es quien representa nuestros intereses, significa el orden que necesitamos’.

Estamos ante un clamoroso caso de desfachatez política. Y de tomadura de pelo también política, porque el pollo aún agregó el día anterior: ‘bajaré el IVA cuando sea posible’. Hombre, muchas gracias, porque sería insólito que pudiendo bajarlo no lo hiciera.

Aunque no lo crean, es muy desagradable estar todos los días dándole caña a este señor. Pero es inevitable, no hace méritos más que para ello. No dice más que simplezas, bobadas y mentiras. Ciertamente, qué duro es esto de la democracia, y qué inmunes se consideran los políticos.

Ante la conculcación, manipulación, alteración, extorsión y retorcimiento de la realidad social y de los fines políticos de intereses propios y de su grupo ideológico, la actuación del Presidente transforma la democracia en injusticia permanente, y, en tal sentido, su indecencia es lo que le incapacita para continuar al frente del Gobierno. Nunca se quitará esos estigmas: Su sorda y taimada vanidad, su caciquismo pretendidamente renovado, su aldeanismo mental, la constatación de que no todos los seres humanos son igualmente respetables, su viscosidad política, la autocracia que se concede, su carácter engañaciudadanos, su no importarle el sufrimiento de los españoles, no merecen sino el desprecio de los demócratas.