Opinion · Puntadas sin hilo

Huelga mental

¿Cuántas docenas de artículos se titularán hoy “¿Y ahora qué?”. Porque, ¿ha sido un éxito o un fracaso? Para los que deseaban que fuera un éxito lo habrá sido, y para los que deseaban que fracasara lo habrá sido. La relatividad de la matemática.

¿Será esto el final, la muerte de los sindicatos¿ ¿Dimitirán Méndez y Toxo, o se perpetuarán, a expensas de que los reelijan y reelijan en unas votaciones ‘amistosas’ o ‘interesadas’? ¡Qué grandes ausencias y tiempos aquellos de Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, padre, por supuesto! De las pocas cosas en las que se puede decir que cualquier tiempo pasado fue mejor.

¡Y qué contentitos estarán la patronal y el hipócrita Gobierno! Han deshuesado, resistido, el último movimiento peligroso. Los trabajadores han pasado a ser peleles a su antojo, como en su día hicieron Reagan y Thatcher.

Nadie tiene la sensación de que ha habido una huelga general. No han hecho la menor pupa, a pesar de la mentira de que se han dilapidado 4.000 millones de euros. Prepárense para las nuevas vejaciones. A partir de ahora, la dictadura del capitalismo hispano en plena apoteosis. Con unos ministros tan recogiditos y pulcros.

Lo indecente: los luchadores derrotados. Los indolentes, pasotas, comodones, justificadores, negadores, insolidarios, egoístas, surfistas sobre la tabla de la economía del fuerte, satisfechos de que no haya triunfado lo imposible, lo inconveniente, lo negativo para el país, los estultos ciudadanos. Ni un comercio cerrado, ni un transporte excesivamente retardado, ni una televisión dejando de emitir reposiciones que los españoles beben como si fueran estrenos, la iglesia ausente haciendo oposiciones al infierno, el Parlamento a lo suyo (no a lo de los ciudadanos), la monarquía ni está si se la espera, los tribunales impartiendo justicia, la selección nacional de fútbol, incapaz de hacer huelga, jugando en Panamá con tv en directo, el vasco Susaeta diciendo que están allí representando… una cosa, el Marqués de Del Bosque que no lo reenvía en el acto por SEUR. El triste y amargo recuerdo de un país vencido. 14-N, la definitiva muerte de la huelga en España, a ver quién es el guapo capaz de organizar otra. Han vencido los déspotas. Refugiémonos en los sueños.

¿Ha mejorado en algo la vida de un solo trabajador con la huelga? ¿O es mejor ser hipócrita? ¿Me habré convertido en un reaccionario?

¡Cómo para no venir! 80 euros nos quitaban si no veníamos, me dice la chica que me sirve el desayuno.

En cualquier caso como resumen, y en contra de mi pronóstico, es de justicia afirmar que la huelga ha sido el mayor éxito posible en las actuales condiciones políticas, sociales y económicas sembradas por este Gobierno. No habrá sido un gran éxito, pero en ningún caso ha sido un fracaso.

Por la tarde cambió radicalmente la cosa. Sin bocadillos ni autocares, ha sido sin duda la mayor manifestación habida nunca en España, incluida la celebrada contra la guerra de Irak o las familiares y eclesiales antiabortistas. Quiera o no el Gobierno, haga caso o finja que lo ignora, por mucho que le arrope la caverna mediática, esas voces y quejas quedan grabadas en nuestra historia democrática. Los españoles asistentes se han consagrado como luchadores impagables, lo mismo que los ausentes voluntarios quedarán marcados con el fuego del desprecio ciudadano. Los españoles estamos vivos, al fin sabemos qué es lo que no deseamos, y el más importante frente de lucha ha quedado constituido. Repudiamos a estos gobernantes marionetas, que al tiempo llevan y gozan con la represión innecesaria, son dictadores de hecho, nuevos inquisidores civiles, no atienden a las razones del diálogo, son los repulsivos representantes del capitalismo de tintes fascistas. Son esclavos de la banca, monaguillos de la iglesia. Pero lo sabemos, y algún día no lejano, no más allá de tres años, nos haremos con las armas de destrucción masiva del voto. Y entonces, ay entonces, España, con su reformada Constitución, al fin será habitable sin sus seculares sevicias. Es un deseo y será una realidad. Ayer quedó escrito en las calles.

Y lo más importante: Los españoles han perdido el miedo.