Opinion · Puntadas sin hilo

La otra valla

Llevamos días, semanas, meses, años, sin que haya una mínima buena noticia para los trabajadores y desprotegidos en general. El capitalismo, incluido el de baja estofa, aprieta. Todos los españoles empezamos a ser como los negros que intentaban saltar la valla de Melilla en la ya célebre y maravillosa fotografía, merecedora del Premio Pulitzer mundial a la mejor instantánea del año. Salvando las distancias en la desgracia, claro. Sirva solo como símil. Pero yo imagino a España con millones y millones de sus habitantes trepando por la valla de la inmisericordia y la injusticia, con los millones de guardias vigilantes adinerados al otro lado disparándonos pelotas de goma, botes de humo y lo que haga falta para disuadirnos del acceso a integrarnos en su bienestar. El capitalismo es la concertina de la economía.

España es como una tela de araña en la que estamos atrapados como moscas, un número siniestro de circo, un concurso de televisión que solo premia a quien consigue saltar. Una valla de separación de ricos y pobres. Un mural que algún pintor plasmará, como ya hicieron en su día Genovés y Canogar con sus muros, alambradas y figuras inmóviles y oprimidas. Las oficinas del paro son el monte Gurugú de los desesperados. Los espigones de Ceuta, los EREs y los despidos libres. Pero la mayoría, la inmensa mayoría, se queda al otro lado y sin poder saltar, pero intentándolo día a día. Como prisioneros en campo de concentración y ansiando la libertad con los dedos agarrados a los alambres de la valla.

Mientras tanto, las fuerzas políticas intentan ponerse de acuerdo para decidir qué van a hacer con nosotros. Aunque nadie sepa en qué consistiría un Pacto de Estado sobre inmigración o sobre reinserción. Entretanto también sigue el dolor. El capitalismo español refuerza la valla para impedir que accedamos a compartir lo que ellos tienen. Tenemos que llevar nuestras propias mantas y sábanas a los hospitales, como ocurre en el de Alicante. La miseria moral y política alcanza al representante del PNV cuando mantiene que la muerte de la niña en Treviño por falta de ambulancia demuestra que el condado debe pertenecer al País Vasco. Luis el Cabrón no es Bárcenas, pero quien lo afirma no señala quién es. La CEOE reconoce que los salarios bajan más de lo que refleja la estadística. Quieren que los menores de 35 años cobren menos del salario mínimo. Los sabios contratados por el Gobierno defienden que se debe subir el IVA para crear empleo. Preparan 1.700 antidisturbios para recibir a las Marchas de la Dignidad, con sus correspondientes pelotas de goma y cañones de agua. Los jueces decretan que los maltratadores permanezcan en el domicilio conyugal si no tienen a dónde ir. En Catalunya establecen un impuesto a la conexión de internet para financiar el cine. Todo es una inmensa malla de despropósitos que nos tiene aplastados e impotentes contra la valla de esta España nuestra, esta España que debería ser de todos y solo es de unos pocos.