Puntadas sin hilo

La democracia ya no es emocionante

Antes, votar era un pequeño orgasmo cívico, un gustarnos y creer que colaborábamos en la mejora de nuestro país. Ahora se ha convertido en un trámite en un ambiente en el que todo está envilecido. Ya no disfrutamos. Hemos convertido el voto en un dardo que lanzamos al enemigo, en la urna incineramos nuestros sueños. Ya no confiamos en que sirva para algo. Los partidos políticos no nos ofrecen lo que en verdad nos interesa, lo que queremos cambiar. No nos proponen referéndums periódicos, revisiones de la de la vieja dama que es la Constitución, cambios de leyes electorales tramposas, sistemas políticos, laicismos definitivos, monarquía o república. Los ciudadanos ya no somos protagonistas que decidan. Solo decimos sí o no a lo que los partidos quieren, cuestiones no trascendentes, asuntos tasados, que luego cumplen o incumplen. Votar ha perdido toda emoción. Es como fichar en el centro de trabajo. Puedes no fichar, pero si lo haces estás constreñido a una democracia reducida. Por lo visto aún no somos mayores de edad para exigir más de lo que con racanería quieren engatusarnos. Votar es casi un ir a dar el pésame. Una frivolidad, un divertido pasatiempo de domingo no lluvioso. Echar una moneda al aire a ver qué sale. En el fondo nos da igual lo que pase en Europa, no es nuestro territorio, seguimos siendo de pueblo y nuestro pueblo es España y ya no para todos. Casi nadie sabe qué vota, casi nunca lo hemos sabido, sino que todo se reduce a quién. Y lo hacemos por querencia, por afinidad supuesta, por delegación que nos libre de responsabilidad. Votamos a quien nos cae mejor, sin más indagaciones, nos hemos adocenado política y socialmente. La democracia ha perdido el glamur de su actividad principal. Hemos llegado a un punto en que, en vez de obligar, deberían pagar por ir a votar. Si a cada español le dieran diez euros, como en los programas de televisión por ir a aplaudir, la abstención casi desaparecería. Unos 250 millones, cifra ridícula en medio de tanta vorágine y despilfarro. Y no digamos ya si en lugar de diez nos dieran veinte; habría colas, como los primeros viernes de mes para besar el Cristo de Medinaceli pero por un motivo más racional. Votar se ha convertido en la desilusión de la democracia, una apuesta on line, una limosna a unos señores que nos prometen dichas. Alguien tendrá la culpa y no son los ciudadanos. No queremos que nuestros políticos sean nuestros empresarios sino nuestros cómplices.

Y sin embargo, como no dijo el poeta, votar es un arma de destrucción masiva de los horrores que cada cuatro años perpetran sobre nuestra ingenuidad. Votar es vivir, y renunciar a votar es renunciar a vivir. Y además el pescado aún no está todo vendido ni muchísimo menos. Recuperemos el encanto y la emoción de la democracia.