Puntadas sin hilo

¡Me fío yo más poco de la gente!

Algunos de ustedes todavía recordarán aquellos Domund o Día Mundial de las Misiones en que los escolares salían a las calles con unas huchas que representaban a un piel roja, a una negro o a un chino para salvarlos espiritual y materialmente. Ahora China devalúa su moneda y el mundo tiembla. Como le han temblado las piernas a Alexis Tsipras en Grecia, según manifiesta Teresa Rodríguez, la representante de Podemos en Andalucía, por no enfrentarse a los dirigentes europeos, y que, naturalmente, los conservadores españoles se han apresurado a predecir nuestra catástrofe. Todo está en contra. El precandidato republicano a la presidencia de EEUU, el multimillonario Donald Trump, promete expulsar a los millones de sinpapeles que pueblan el país y se coloca en cabeza de las encuestas, estableciendo de paso un paralelismo sobre los resultados positivos de García Albiol en Catalunya. Por si fuera poco, los países emergentes, con Brasil a la cabeza, están en dificultades, pero el Gobierno de España se beneficia de la caída de más de dos tercios del precio del petróleo, de la concesión de préstamos sin límite e interés nulo del Banco Central Europeo, y de la llegada masiva de turistas ante la inestabilidad de países como Egipto, Túnez, Grecia y demás, con todo lo cual hasta un gobierno de aficionados resolvería satisfactoriamente la situación. Todo está en contra, repito, de las opciones de renovación en nuestro país. La gente se refugia en la mínima seguridad que ofrece el Gobierno actual argumentando que ‘tampoco estamos tan mal’, ‘nos vamos defendiendo’, ‘con otros sería peor’, como bien nos recuerdan, ‘y poco a poco, a pesar de las dificultades mundiales, iremos saliendo definitivamente de la crisis’. Por ello preferirán seguir votando a lo que hay. Ya se sabe, los experimentos, incluso los políticos, con gaseosa. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. La gente es conservadora aun en su deterioro. Y más le ofrecen chucherías ocasionales. Además a la gente no le preocupa absolutamente nada lo que les pase a los demás ni de su sufrimientos. Es lo más duro de la democracia: hay que aceptar lo que digan los otros. Aunque nos hunda en el desconsuelo. Sé que es un crimen ético, pero ¡me fío yo más poco de la gente!

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