Acebes: un mal ejemplo

El señor Acebes deja de estar en primera línea de la política por una decisión personal. Una pena que no la tomara antes del 11-M, nos hubiera ahorrado el acto más miserable de la historia de la democracia. Con el ruido de las bombas todavía zumbando en nuestros tímpanos, tuvo la sangre fría de coger al toro por los cuernos y, en un intento desesperado por evitar la asociación entre el atentado islamista y la guerra de Irak, en la que nos había metido su megalómano líder, mintió a todo el mundo una y otra vez.

Yo, que soy un ingenuo, todavía creo que en su condición de ultrarreligioso, de tanto fingir santidad, algún día entrará un rayo de luz en su maltrecha alma y se disculpará con las familias de los muertos, los miles de heridos que sobrevivieron y, ya puestos, con los responsables de los medios, españoles y extranjeros, que tenían que morderse la lengua en su obligación de transmitir los comunicados oficiales a sabiendas de que estaban amplificando una nauseabunda mentira al servicio de la captación de votos.

Es difícil encontrar un político contemporáneo que suscite fuera de su entorno tanto desprecio. Ni siquiera odio, sólo vulgar desprecio. Claro que, viendo las cosas que dicen sus compañeros, se hace difícil tener fe en la regeneración de su partido.
Esperemos que sean comentarios de cortesía ante su retirada y que no haya creado escuela porque, sin duda, el señor Acebes tiene el triste mérito de haber fulminado las reglas del juego de este sistema, al haber implantado el todo vale, la mentira sistemática, constante. Sorprende que una sola persona haya podido degradar tanto la actividad política de una nación. Tiene un gran futuro por delante porque el mundo es y será de los amorales intransigentes.