Cuando el principio es un fin

Mientras en el PP debaten sobre continuar la excursión al centro o mantenerse en los principios (según propone Aznar y todo el mundo secunda, porque está claro que cada uno tiene los suyos), los hechos imponen un diagnóstico de terrible pronóstico para los amantes de la libertad. Yo ya no tengo pesadillas, con la edad a uno le hace gracia el gore, ya sólo le sorprende que los demás se lo crean. Decía eso porque, ni en mi peor aberración onírica de hace treinta años, recién muerto el entonces líder de los actuales líderes del centro, podría pensar que, después de tantos años de democracia, el principal partido de la oposición, que ha gobernado hasta hace dos días, tuviera nada menos que a don Manuel Fraga como pivote de sensatez y moderación, reclamando “centrismo reformista” frente al inmovilismo de las facciones más jóvenes y ortodoxas, que se atribuyen la verdadera interpretación de las escrituras. ¡Hay que ver! Lo rápido que pasa el tiempo y lo lento que evolucionan las especies. Mientras lloran porque les marginan en el congreso, y aseguran hipando que nadie quiere pactar con ellos porque la democracia se está desvirtuando, los cabezas de cartel dan un portazo airados, o amenazan con darlo, cuando algunos compañeros proponen hablar con los demás. Mientras, siguen la cruzada contra la asignatura de la Educación para la Ciudadanía.

Jamás dirán por qué, qué les molesta, cuál es el tema, lección o párrafo concreto. Les da vergüenza. Porque si tuvieran que contarlo, entenderíamos por fin que, en efecto, como dice Aznar, están anclados en los principios, pero en los del principio del todo, cuando en las cavernas se pintaban bisontes y el viaje al centro, como no había AVE, era cuestión de siglos. Y lo sigue siendo.