Nos empujan a la droga

Uno ya no aspira a utopías, pero sí a que ese verbo al servicio de la oligofrenia dialéctica que practican sin desmayo algunos representantes de la derecha nacional española, se sosiegue un poquito.
Ahora, nuestra Esperanza, cuyo cerebro parece colapsado por una tormenta endocrina adolescente que la lleva a dictar sandeces en cadena, con arrogancia, como si su discurso fuera coherente, está empeñada en convencernos de que su partido es el único que no ha tenido nada que ver con el franquismo. Cuando Fraga, enfático y marcial, pretendiendo dejar los puntos sobre las íes, dijo en un congreso del PP: “Nunca debemos olvidar de dónde venimos”, recibiendo un largo y emocionado aplauso de los asistentes, nuestra sorprendente y siempre auténtica Esperanza debió de pensar que se refería a la noche anterior, que habría estado de juerga y lo había pasado “fenomenal”. Para demostrar el pasado violento del PSOE, Esperanza –fiel a su discurso irreflexivo que mana de fuentes alienígenas– afirma que en las sedes de ese partido cuelgan fotos de políticos de la II República, sí, ese período de democracia previo al golpe de Estado que trajo la tiranía. No parece distinguir bien la diferencia entre uno y otra y, de paso, nos recuerda que fue un socialista el que mató a Calvo Sotelo, crimen del que, según el ideario franquista, todos los defensores de la democracia y la libertad han heredado su parte de complicidad a modo de pecado original.
Sólo ella permanece virgen, libre de mácula, lista para despegar de la mediocridad totalitaria y pseudoterrorista con la que está obligada a convivir por su vocación de servicio, para ascender a los altares de la historia donde ya habita su complemento intelectual y referente humanista: José María. Almas generosas que se pierden en un fundido celestial, y que sólo la falta de gratitud del pueblo español impide que se hinquen las rodillas a su paso. Cuando nuestra democracia madure y olvidemos los odios cainitas, volverán a pasear los héroes bajo palio.