Educación para la Ciudadanía

En el PP manifiestan su preocupación por la repercusión que el escándalo del espionaje de la Comunidad de Madrid pueda tener en el resultado de las elecciones que se avecinan. Es pecar de pesimismo. El votante del PP es incondicional, militante e inmutable. Tiene claro que cualquier cosa es mejor que la horda roja. En la mayoría de los municipios donde la autoridad se ha mostrado competente a la hora de trincar, si la corporación es del PP, aumenta en número de votos en las siguientes elecciones.
No teman por su futuro, señores diputados conservadores, pueden seguir cogiendo el AVE a Guadalajara que, como ustedes saben, para por casualidad en la finca de la familia de doña Esperanza, que estas anécdotas lucrativas están bendecidas por la masa social de centro.
Dicho esto, quería hacer un comentario sobre la sacralización del votante. En muchos casos, cuando alguien recrimina determinados comportamientos, presuntamente delictivos, de cargos públicos, se hace un pase torero y se extrapola el insulto polarizado haciéndolo extensivo al colectivo de votantes, afirmándose que las insinuaciones son injuriosas para aquellos que han depositado la confianza en el partido. ¿Y qué? Tanto el presunto trinca, como aquellos electores que se sienten insultados deben entender que son ellos los que atracan al resto de la sociedad cuando votan al corrupto a sabiendas: “El voto es una decisión personal, pero la pasta es de todos”. El más perjudicado es el sistema democrático, al que se acusa de ser fabricante de chorizos cuando es evidente que ya vienen programados de casa y no ocultan sus intenciones ni disimulan su tren de vida. Sus líderes y sus votantes se encargan de legitimarlos. Baja condición moral, mal endémico de esta derecha tan nuestra.