Asuntos & cuestiones

Matar al padre

El señor Berlusconi está indignado por la entrevista que le hacen a una prostituta en la televisión pública italiana en la que asegura que contrató sus servicios (él la contrató a ella, no al revés). Tiene motivos para estarlo. En primer lugar porque, como todo hombre de derechas que se precie, considera lo público parte de su patrimonio, de ahí el afán privatizador de los liberales que se encargan de poner al frente de esas empresas a amigos íntimos que, he aquí la trampa, se quedan de presidentes cuando la empresa deja de ser pública, haciendo sinónimos privatización e incautación. Vamos, que se llevan las joyas de la corona a casa en cuanto les dan las llaves de la vitrina. Esto es lo que ocurrió con la primera empresa de
España y una de las primeras de Europa, Telefónica, pero también con Repsol,

Argentaria, y así…

A mí, que el señor Berlusconi se vaya de putas, me trae sin cuidado. El problema al que se enfrenta, con todo su poder mediático, político y extraoficial, es que no le va a resultar fácil privatizar a la mujer pública. Don Silvio, tan amigo de la descalificación del rival, que no duda en afirmar que la Policía y la Justicia italianas están en manos del comunismo –lo que le lleva a uno a pensar que tiene los mismos guionistas que los señores del PP español– se ofende cuando la ficha del juego llega a su casillero. Él, que se creía a salvo de las miserias de la televisión que produce. El monstruo de Frankenstein quiere devorar a su creador. Tendría gracia que, finalmente, fuera la televisión y no la Justicia la que acabara con Berlusconi. Sería, probablemente, la mayor aportación del invento a la cultura universal.