Los mensajeros de la verdad

He recibido un feto de esos de plástico que mandan los grupos antiabortistas. Dicen que quieren que se sepa la verdad. Les voy a contar la mía: lo he pensado mejor, no voy a abortar. Pueden dormir tranquilos. Gracias por detectar mi gestación antes que yo mismo. Tras 54 años de faltas, no se me había ocurrido hacerme el test del embarazo y, dada mi ingenuidad adolescente, no sospeché las intenciones reales del caballero que me ha dejado en este estado.

Bueno, no quiero abrumarles con mis historias, que bastante tienen ustedes con intentar meter en la cárcel a todas las personas que quieren interrumpir de forma voluntaria su embarazo y a los médicos que practican dicha interrupción. La modificación de esa ley sólo pretende regular una práctica inevitable, cuya represión genera setenta mil muertes al año por abortos clandestinos, muchas mujeres encerradas, asesinadas, mucho dolor. ¿Son inconscientes o crueles? ¡Indiferentes!

Dicen que el aborto no es la solución, hablan de educación, pero están contra el preservativo, los métodos anticonceptivos y la educación sexual. No dejan salida. Yo hice el servicio militar y sí, vivimos en un mundo en el que nos enseñan a matar por cuenta del Estado, pero no nos enseñan a follar que, créanme, señores y señoras antiabortistas, está muy bien. Eso que ustedes definen como “escuelas de masturbación” no me parece dinero despilfarrado, salvo en su caso: tienen cara de no haberse masturbado en la vida. Tal vez, de esa lucha antinatural venga su problema que, por arte de la intransigencia y la anacrónica intromisión de la religión en la regulación de la vida de los ciudadanos, acaba siendo nuestro problema.