Impotencia

A finales de los años noventa hubo un acto multitudinario en homenaje a Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA. En él, Raimon y José Sacristán fueron abucheados durante su intervención por una parte del distinguido público que dejaba clara una cuestión: “No queremos rojos aquí”. Más bochornosa que la actitud de ese público fue lo que manifestaron los líderes de nuestro democrático centro, anfitriones del evento, al apelar a la libertad de expresión para justificar la reacción visceral de sus afines e incondicionales votantes, sin tener en cuenta la naturaleza de la convocatoria. Se barruntaba lo que hoy es un hecho vergonzoso: la utilización de la sangre de las víctimas del terrorismo como arma arrojadiza contra el rival.
Sin embargo, el señor Aznar, que defendía eso de la libertad de expresión del disidente, tornó en llamar “perros que ladran su rencor por las esquinas” a los que se manifestaban más tarde contra la declaración de guerra a Irak y las consecuencias del hundimiento del Prestige. Siendo presidente fue declarado persona non grata por la Universidad Autónoma de Barcelona porque la policía apaleó brutalmente a estudiantes que protestaban por su visita. Algo hemos mejorado. Hace un par de días se tuvo que conformar con sacar el famoso dedo a los estudiantes que protestaban en Oviedo: no podía machacarles. Ya no corre la sangre por el campus. Para ser el líder ideológico de su partido como presidente de la FAES, no está nada mal. Su colega rubia que llama “hijos de puta” a los compañeros de partido que considera rivales estará encantada. Sus hagiógrafos y votantes, también. Marca un estilo, lo que se llama una tendencia. Hacia allí nos llevan.