El cascabel al gato

Ya nadie está contento. El sistema es el que es y parece que no hay vuelta de hoja. Se presentó la oportunidad de crear métodos de protección para que el mercado no fuera el que marcara el nivel de bienestar de los ciudadanos basándose, exclusivamente, en el interés de los que lo manejan, pero no se hizo nada. El tan necesario intervencionismo del Estado sólo es consensuado por los “liberales en economía” cuando entra a recortar el gasto público o derechos de los trabajadores.
Se contestarán las medidas del Gobierno, con razón. En esta sociedad estratificada, los primeros que pagaron la crisis fueron los que tenían empleos en precario y el paro subió como la espuma. Le ha llegado el turno a los trabajadores del Estado. No son ricos y se niegan a aceptar la caída de su poder adquisitivo. La cuestión es: esta crisis no es consecuencia de la erupción de un volcán, un terremoto o una ola gigante, sino de una maniobra con nombres y apellidos, orquestada para obtener beneficios a costa de hundir la economía. Se puede pedir solidaridad, pero es difícil exigir la pérdida de la condición humana. Estos recortes serían menos traumáticos si fueran acompañados de castigos ejemplares a los causantes del quebranto.
Detrás de cada descalabro económico aparecen empresas y bancos de prestigio ejerciendo actividades delictivas. Estos datos se dan con cuentagotas y conforman un extraño mosaico, borroso, codificado, pero descifrable. Las penas con pan son menos, y los recortes, con Justicia también, pero no hay consenso para reformar este sistema dotado de una superestructura blindada. La libertad de mercado está por encima de cualquier consideración, y sus profetas exigen el timón.