De Málaga a Malagón

Los defensores del capitalismo salvaje tienen un problema de identidad y una capacidad extenuante para reconocer los defectos ajenos. Se llaman a sí mismos liberales por una cuestión estética, cuando siempre han utilizado ese adjetivo como un insulto, al descubrir que el termino “conservador” rechinaba con la idea de progreso y, de hecho, a pesar de oponerse en el Congreso a todas las medidas sociales progresistas, a las que luego se apuntan encantados (hay que ver el partido que le han sacado al divorcio), se proponen como el paradigma de modernidad.
Del mismo modo que denuncian con obstinación enfermiza la violación de los derechos humanos en países que no son de su cuerda (Cuba), mientras son incapaces de ver atropellos infinitamente más graves en países cercanos (Guatemala y sus 200.000 muertos), o en su propia casa (véase cómo relativiza Esperanza Aguirre los crímenes del franquismo); cuestionan por crueles las medidas que adoptan sus rivales, aunque a ellos les parecen insuficientes y tardías. Así, se quejan de que el Gobierno haga pagar la crisis a los más débiles, mientras reclaman una disminución del gasto social (cuyos beneficiarios son los más débiles), el recorte o la eliminación de las indemnizaciones por despido, la reforma urgente del mercado laboral o la supresión de la Ley de Dependencia.
Para colmo, la ley electoral, que se gestó en su día para dejar fuera de juego al Partido Comunista, y que hoy castiga a Izquierda Unida, nos condena al bipartidismo. Según todos los sondeos, ante los ataques a dentelladas y los aullidos que circundan el bosque, las masas se dirigen en tropel a refugiarse en la boca del lobo, que afila jadeante sus colmillos.