La ideología se viste de ciencia

La primera conclusión a la que han llegado hace mucho los responsables de nuestro bienestar, que presiden las instituciones donde se decide nuestro futuro, como el FMI, es que los ciudadanos son el gran problema de la economía, ese nuevo dios al que todos debemos sumisión porque, si desatamos su ira, el aluvión de plagas que puede enviarnos nos daría tal golpe que difícilmente podríamos levantarnos.

“O yo o la intemperie”, parece proclamar el nuevo oráculo de los dineros que no permite reflexión, sosiego ni cordura. Vivimos tiempos de agitación donde nos bombardean con los datos de la Bolsa, la deuda, el precio del petróleo y el paro. En esta batidora que tritura el Estado del bienestar no hay espacio, dicen, para las ideologías, pero implantan la suya haciéndola pasar por ciencia incuestionable: las medidas que adoptan desde el ojo del huracán son las que siempre han intentado imponer, pero no encontraban resquicio por donde colarlas.

En Grecia exigen el despido de 150.000 trabajadores públicos (curiosa forma de luchar contra el paro), que acarreará un notable deterioro de los servicios que presta la Administración. Es posible que, de forma “incomprensible”, los griegos se echen otra vez a la calle. No saben de dónde les viene esta maldición.

Así funciona este mundo gobernado por mentes privilegiadas que tratan a las personas como si fueran cosas.
No soy técnico, sólo testigo, y como decía León Felipe: “Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos”.