La crueldad gratuita

Si nunca he sabido bien quiénes somos y de dónde venimos, ahora tampoco tengo claro si sabemos en qué creemos y qué pensamos o, mejor dicho, si nuestros pensamientos nos pertenecen o somos simples transmisores de corrientes de opinión. A mí, el lapsus de Rick Perry, candidato republicano a la Casa Blanca, que se quedó en blanco, y valga la coincidencia, en pleno debate televisivo, no me parece grave, me preocupo más cuando verbaliza lo que recuerda. Esa amnesia puntual circula por la red como una bola de nieve que a estas alturas ya debe ser un alud que sepultará su carrera política. Las masas perdonan la crueldad, pero no el ridículo.
Me viene a la memoria Bill Clinton, que fue presidente de aquella nación y, en pleno ejercicio de su poderío, ordenó el bombardeo de una fábrica de medicamentos en Sudán con la excusa de que allí se producían siniestras armas químicas. A pesar del bloqueo a cualquier intento de investigación por parte de la ONU, aquella acusación se demostró absolutamente falsa y causó, aparte de los que fallecieron directamente a causa de los misiles, la muerte de decenas de miles de ciudadanos sudaneses por falta de medicinas. Me viene a la memoria este acto de terrorismo porque no restó un ápice de popularidad al entonces presidente, más tarde defenestrado cuando, víctima de un complot reconocido por la becaria protagonista, se dejó practicar una felación en el llamado desde entonces “despacho oral”.
La estupidez inofensiva se paga, la masacre y el genocidio no. Extraña escala de valores, así nos luce el pelo.