¿Quién teme a los maricones?

Los gritos que escuchamos el otro día nos inducen a reflexiones profundas. Veamos. Tanta rabia frente al que no comparte las mismas tendencias sexuales refiere más a un estado de insatisfacción personal que a una reivindicación de virtud. Cuando uno está en el camino del bien, no muestra semejante odio por el descarriado, si acaso, lástima. No, no se vislumbra orgullo por la condición personal en esas reacciones.

Por otro lado, es digno de señalar la poca fe que tienen en la familia sus máximos defensores. Sostienen algunas señorías y muchos miembros de la jerarquía eclesiástica que lo que está en peligro, con la ley que permite casarse a las personas del mismo sexo, es la propia institución familiar.

Viví las mismas reacciones cuando los representantes de la derecha, antes de divorciarse en masa, algunos un par de veces, se oponían con firmeza a la ley del divorcio. Afirmaban que nadie iba a seguir casado si le dejaban la puerta abierta.

En definitivas cuentas, el matrimonio sólo era viable bajo la tutela policial y judicial. Curiosa forma de vender la bondad de una institución con la premisa de que, cuando se quita la obligatoriedad, nadie, en su sano juicio, permanece en ella. Los defensores del matrimonio se convertían así en sus principales detractores.

Ahora ven venir el fin de la familia. ¿Piensan que sus hijos, o ellos mismos, se van a volver maricones sólo porque exista una ley que les permite casarse? A lo mejor, no. O sólo uno. ¿Por qué se sienten acosados por la presencia de maricones en la calle? Desde luego, desde el punto de vista de los instintos, no les resultan indiferentes. A lo mejor deberían relajarse, meditar la cuestión, realizarse y ser felices. Pero no pueden seguir así, con esa desazón.