¿Para quién gobiernan?

La propuesta de refundación del capitalismo que sonó como un rumor lejano en los primeros compases de la crisis, cuando aún no se preveía que sus consecuencias fueran tan graves, no la ha repetido el eco. Era evidente que la idea escondía el cinismo Lampedusiano de que “todo cambiara para que todo siguiera igual”, pero apuntaba a que este sistema que llaman “de mercado”, campando a sus anchas, sin ningún tipo de regulación, podría acabar devorando a sus hijos. Ante la perspectiva de cinco millones de parados y con un futuro incierto en el que un proyecto de vida parece alejarse como la ola que precede al tsunami, la sociedad se vuelve sumisa.

Las agencias de calificación trabajan para los inversores orientándoles hacia los campos de mayor confianza, condenando a la ruina a unos países, mientras absuelven a otros. Los gobiernos trabajan para contentar a estas agencias tratando de evitar males mayores y así son los mercados los que por una vía paralela acaban gobernando, imponiendo su ley. Esos mercados cuya voracidad se sabe infinita y cuya única razón de existir es el beneficio, a cualquier precio, incluso, como hemos visto, especulando con los alimentos esenciales para condenar al hambre a millones de personas.
No se escuchan las contrapartidas que van a exigir a estos mercados, ahora que imponen políticas de austeridad, los que tienen la obligación de procurar el bienestar de los ciudadanos: ¡Prohíban las maniobras que provocan el quebranto de muchos en beneficio de pocos! ¡Salgan de la caverna y protejan a su pueblo de los depredadores!