Cuando la libertad es divina

La libertad no es igual para todos. Algo tan triste es reivindicado por el arzobispo de Mérida-Badajoz, defensor de las castas, cuando afirma poseer una “libertad superior” a la de los políticos para manifestarse. Los políticos son interinos, cambian a golpe de urna o, de estado, tanto da, pero los obispos siempre están. Los que no practicamos la religión verdadera no le comprendemos porque no nos ponemos en su lugar. Nuestra Constitución no le vale. En su esquema mental, los ciudadanos no son iguales en derechos. En todo caso, lo son a los ojos de dios, pero él es humano, y por el hecho de pertenecer a la elite espiritual que tiene la patente exclusiva de la doctrina de Cristo, es depositario de la “verdad revelada”, la que debe enseñarse obligatoriamente a todos los niños, y no va a aceptar ni por el forro del solideo que se le equipare en derechos a un grafitero, a un político, o a una mujer. Para empezar, y abandonando lo políticamente correcto, la mujer está para el servicio. De dios, en primer lugar, y del hombre después. Y el que quiera enterarse de cuál es el lugar que corresponde a la transmisora del “pecado original”, que acuda a las casas de convivencia de las sectas que tanto celebra el Vaticano. Un cualquiera, por el hecho de ser elegido en las urnas, no le iguala en derechos. Además de los ordinarios, él tiene otros divinos, y cuando habla del derecho superior a manifestarse, no se refiere al hecho de hacerlo, del que nunca ha carecido, sino a que a él no se le contesta: cuando habla, todo el mundo se calla y punto. Ellos pueden difamar a un gobierno, y los demás debemos agachar la cabeza. A no ser que queramos disolver la democracia. Y ya se están cansando de avisar. Desde aquí y desde Roma.