Deshojando la margarita

Ante las elecciones generales que se avecinan, nos encontramos con un dilema crónico: los sondeos afirman que la cosa está reñida y que el resultado depende de los indecisos. Al final, deciden quién nos va a gobernar personas que no saben lo que quieren, que no lo tienen claro, o que no se enteran. Es una característica curiosa de la democracia (no termino de asombrarme con lo que me rodea, mi adolescencia va a ser eterna). ¿Y como son los indecisos? ¿Lo son ante cualquier circunstancia? En el desierto, tras caminar kilómetros bajo el sol, cuando llegan a un oasis, ¿se quedan mirando al agua sin saber si beber o no? Si dudan ante todas las situaciones que se les plantean, su vida debe ser una incógnita, un misterio permanente. Sus relaciones sexuales también serán complejas: “Cariño, ante tanta oferta y tanto orificio, estoy confuso, apaga la luz y que decida el azar”. Estas veleidades pueden traer problemas, imaginemos su reacción ante la droga: “No se si pasar o meterme dos papelas de heroína”. No, no puede ser. Si han sido capaces de sobrevivir hasta la edad de votar, si llegan hasta la urna, es porque han optado por el camino correcto, que les ha conducido hasta el colegio electoral, aunque, tal vez, esa mañana se hayan planteado unas cuantas veces la conveniencia, o no, de depositar su voto. Concluyendo, en las cuestiones fundamentales, las que les afectan de verdad, tienen claro qué hacer. ¿En las cuestiones fundamentales? Entonces, sólo dudan ante lo que no lo es como, por ejemplo, quién va a gobernar. Es curioso que, a pesar de que a muchos parece irles la vida en las elecciones, y de que las dos españas siguen irreconciliables, quienes acaban imponiendo un gobierno son aquellos a los que les importa un carajo.