En vísperas del segundo debate

Discrepo de las conclusiones del cara a cara del lunes pasado. Los expertos inventaron un debate sobre el debate, cuyo fin era determinar quién había ganado, como si del concurso de miss camiseta mojada se tratara. No se destacaron aspectos inadmisibles. La insistencia racista en subrayar como el mayor de los males el daño que causan los inmigrantes a nuestro país, repetida por sus colaboradores durante toda la semana, sitúa al señor Rajoy en línea con los neofascistas europeos. El líder del principal partido de extrema derecha alemán decía que en Europa sólo había un partido de derecha auténtico: el PP español. Este alemán sabe un montón de fascismo, y tenerle de admirador no es fácil, hay que hacer méritos. Otra cuestión aberrante es la utilización que hace el PP de las víctimas del terrorismo como una propiedad al servicio de la propaganda y la descalificación. Lo digo como “titiritero del no a la guerra y el sí a ETA”, que es como nos llaman en la radio de los obispos. Es indudable la eficacia de la estrategia, pero también evidente que este arma de destrucción masiva sólo es utilizable por personajes sin escrúpulos, en la medida que la munición que utiliza se fabrica con el dolor de ciudadanos que han perdido a sus seres más queridos, y da una idea de hasta dónde llega la crueldad de los que se proponen como apóstoles de la concordia y mártires de la crispación. Esta utilización de los muertos es constante, pero me niego a acostumbrarme, porque es el mayor desprecio que se puede hacer a las víctimas. Ser presidente aquí y ahora es un cargo muy serio para alguien que ha perdido el más elemental sentido de la vergüenza. Esa es mi conclusión del debate. La maquilladora, los tics y demás chorradas, me traen sin “cuidao”.