Domingo de elecciones

Una estupenda mañana de domingo. Los ciudadanos se levantan. Unos se acercan a los colegios electorales. Otros, no. Algunos de los que van a votar llevan niños pequeños de la mano. Estos niños no entienden lo que pasa. Sus papás se lo explican y, entonces, su confusión aumenta. Las urnas les parecen papeleras como las que hay en el colegio. No terminan de comprender lo improductivo del sistema, por qué los mayores van tirando las papeletas de una en una en lugar de coger los montones y arrojarlos todos de una vez. Piensan que esas peceras llenas de papeles, como el resto de las cosas que les rodean, “están ahí porque sí”. Del mismo modo que el dinero es algo que sale de una máquina cuando se le mete una tarjeta. Se percatan de que tras hacer la cola y depositar el voto, sus papás no obtienen nada a cambio. En ese pensamiento les acompañan también muchos mayores. Desengañados o escépticos, son muchos los que piensan que no sirve de nada toda esta maquinaria de la democracia, que todos los políticos son iguales, y que están ahí para trincar. Aún son más los que creen que consiste, simplemente, en depositar un voto cada cuatro años. Pero a los niños les queda mucho para saber de dónde vino todo este tinglado. Tal vez se enteren de lo dura que fue la lucha hasta que se consiguió colocar una urna encima de una mesa. Quizá les sorprenda la resistencia y crueldad con que se impedía a la gente decidir su destino y, con suerte, cuando lleguen a la edad de votar, podrán hacerlo y, para entonces, ya se habrán acostumbrado a la rutina de las elecciones. De nuevo, como cuando iban de la mano de sus padres, regresará a su conciencia el pensamiento de que las urnas “están ahí porque sí”, formarán parte del paisaje. Será buena señal.