Opinion · Balagán

La misma piedra

A vista de todos están la tragedia y amargura que se han vivido y se viven en Iraq desde 2003. Las tropas estadounidenses «liberaron» Iraq en un abrir y cerrar de ojos y llevaron al patíbulo al tirano. Enbriagados, los neocons se felicitaron y anunciaron a bombo y platillo que en unas semanas, o en unos meses a lo más tardar, Iraq se incorporaría al gremio de las democracias.

Pasaron las semanas, los meses y los años y la situación en Iraq se fue deteriorando hasta unos límites sin precedentes. Millones de iraquíes, familias enteras, se exiliaron (en su mayor parte a Siria), la violencia se disparó por todas partes y los contables han perdido la cuenta del número de muertos y heridos. Y eso sin necesidad de hablar de otras cuestiones sociales vitales, como la situación de la mujer, que ha dado marcha atrás y se ha acabado ubicando con un retraso de varios siglos.

Pues bien, todo eso, con sus más y sus menos, se proyecta ahora sobre Siria. Pero ahora no son solo los neocons, sino también políticos e ideólogos progresistas, los que defienden una aventura que puede resultar muy peligrosa para los sirios, y también para otros pueblos de la región. El historiador y periodista Patrick Seale, uno de los mejores conocedores de Siria, acaba de advertir de que si cae el presidente Bashar al-Asad, toda la región de Oriente Próximo puede hundirse en una «orgía de violencia».

¿Va a tropezar Occidente en la misma piedra? Eso es al menos lo que parece en estos momentos. Occidente cuenta para ello con el apoyo de socios tan reconfortantes como Arabia Saudí e Israel. Los líderes saudíes odian visceralmente a los no sunníes, especialmente si son chiíes, mientras que Israel aspira a cambiar el régimen en Damasco como paso previo para cambiarlo en Teherán. Lo ha dicho un visionario tan competente como Avigdor Lieberman.