Balagán

La caja de Pandora y el Estado Islámico

Los atentados del viernes en Túnez, Kuwait y Francia han sido reivindicados por el Estado Islámico, una organización que se halla en plena expansión internacional.

El nacimiento y expansión del EI ha sido la peor consecuencia de la intervención occidental en Irak a partir de 2003. Los Estados Unidos y sus aliados están bombardeando sus posiciones en Irak y Siria pero no han conseguido erradicar el fenómeno. Al contrario, el EI está llegando cada vez más lejos y de una manera más horrorosa.

Su existencia es sencillamente la prueba más clara del fracaso de la estrategia de Estados Unidos en Oriente Próximo. El dantesco espectáculo que se ha creado en la región no parece que vaya a desaparecer a corto o medio plazo.

Los líderes occidentales se encuentran en una posición compleja y muestran que no saben cómo actuar. El presidente Obama carece de una política que vaya más allá de bombardear las posiciones del Estado Islámico.

El primer ministro David Cameron ha arremetido contra el conjunto de la población musulmana del Reino Unido, prescindiendo de que su inmensa mayoría es gente pacífica que cumple las leyes escrupulosamente.

Existe un desconcierto generalizado que se ha ido agravando desde que en 2003 el presidente George Bush hijo declaró que la operación contra el régimen de Saddam Hussein se había completado con éxito.

Nada más lejos de la realidad que aquella proclamación, como muestran los hechos a los que asistimos a diario.

Algunos políticos y comentaristas que en su momento se sumaron a la visión neconservadora de llevar la democracia al mundo árabe al precio que fuera, se habían aferrado últimamente al supuesto éxito del experimento en Túnez. Es, sin embargo, un planteamiento muy precario, como lo demuestra lo ocurrido el viernes.

El problema que Occidente ha creado a partir de 2003 está más vivo que nunca y no se resolverá pronto. En las circunstancias actuales, lo que debería hacer Occidente es prepararse para unos años de inestabilidad que traerán muchos sinsabores.

Ante todo, debería quitarse de la cabeza la idea neocón de exportar la democracia a Oriente Próximo a la fuerza y al coste que sea, una idea que todavía acarician algunos visionarios occidentales que piensan con ingenuidad que todo el mundo es como ellos.