Opinion · Balagán

Israel, por encima de todo

La prohibición de entrar en Israel a las congresistas democrátas musulmanas no es nada nuevo. Hay infinidad de ciudadanos estadounidenses de origen árabe, y especialmente de origen palestino, que sufren esta discriminación diariamente.

El departamento de Estado advierte directa y abiertamente a los estadounidenses de origen árabe y palestino que las autoridades israelíes pueden denegarles «la entrada o la salida sin dar una explicación».

Naturalmente, esto lo sabe todo el mundo, como todo el mundo sabe que el departamento de Estado, ahora en manos de Mike Pompeo, no hace nada para evitar la discriminación que sus ciudadanos sufren en el estado judío, incluidos los que residen habitualmente en los territorios ocupados.

En otras palabras, los Estados Unidos no se entrometen en la discriminación. Probablemente esto se debe a la enorme influencia de Israel y del lobby judío en Washington, y también a que las administraciones norteamericanas sencillamente no quieren líos con Israel.

Es difícil pensar que cualquier otro país se tomara estas libertades con la capital del imperio, al menos de una manera tan sistemática como el estado judío.

Un caso citado estos días por la prensa es el de Mariam El-Khatib, una joven estadounidense de 23 años que recientemente quiso visitar la tumba de su padre muerto en Jerusalén Este hace unos meses.

El-Khatib llegó al paso de Allenby, entre Jordania y los territorios ocupados. Los soldados israelíes la interrogaron durante horas y no le permitieron entrar. Además, para que todo fuera completo, los soldados le comunicaron que no puede entrar en Israel ni en los territorios ocupados durante los próximos seis años.

Es uno de los innumerables casos que afectan a ciudadanos estadounidenses en circunstancias similares, y también a ciudadanos europeos de origen árabe o palestino. Ni Washington ni Bruselas quieren problemas con Israel, de manera que no intervienen para corregir esta situación.

Otro caso distinto pero igualmente significativo es el del artista palestino Kamal Balata, que acaba de morir en el exilio. En junio de 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania, Balata, que era de Jerusalén este, se encontraba en Beirut presentando una exposición de su obra.

Los israelíes nunca le dejaron volver. A mediados de los años ochenta le dieron un pase por unos días, y eso fue todo. Balata ha tenido que morir en el exilio y no en la ciudad donde nació, donde él quería morir.

Sin ninguna duda, en el concierto de los países del mundo, Israel está por encima de la ley y de cualquier otra consideración.