Una recomendación con peros

La serie de 'El colapso' disponible en Filmin.- FILMIN

Hoy quiero hablar de una serie que me ha gustado mucho, pero cuya recomendación lleva peros. Hablo de El Colapso (Filmin), una serie francesa sobre los estragos que causa el cambio climático en un futuro distópico, un futuro cercano, muy anterior a 2050.

Quienes tienen el poder y la obligación de ponerle urgencia y medidas radicales a esta lucha contrarreloj siguen manteniendo la actitud del aspaviento: moverse mucho, poner tuits y caras graves en entrevistas, organizar reuniones e inventarse parches para que parezca que sí, pero realmente no estar haciendo lo necesario -ni siquiera lo mínimo- para salvar el planeta.

Como siempre, recae sobre la sociedad civil la carga de presionar y presionar, sin descanso, para que quienes deben hacer algo, lo hagan. Para quienes escurren el bulto por intereses económicos, no puedan avanzar porque el bulto ya se lo impide.

¿Qué ocurre con series y contenidos como El Colapso?

La temporada que hay disponible en Filimin consta de 8 capítulos de no más de 15 minutos y centrado en situaciones concretas como un supermercado, una aldea, una gasolinera, etc. No solo la temática, el guion y la trama te sumergen en la angustia de un sistema que ya ha colapsado, sino también el hecho de que cada uno de los capítulos están grabados en una sola toma. Quince minutos cada vez, quince minutos de no respirar. Porque no hay marcha atrás. El sistema ya no existe. Cuerpos como el de la Policía no tiene ninguna autoridad, ningún servicio funciona, luz, tarjetas de crédito, suministros... los políticos han volado, los ricos se desprenden de sus riquezas por la promesa de un oasis donde salvar sus culos, el pueblo se busca las habichuelas y en muy poco tiempo emana lo peor del ser humano, instalándose la ley del más fuerte.

Objetivamente, El Colapso es un contenido de calidad. Es realista, intrigante y está muy bien trabajado y dirigido. Sin embargo, este tipo de tratamientos sobre adónde vamos, ese realismo que ya estás segura que te va a tocar vivir, consigue paralizarte, anularte. Te hace perder la esperanza, ver más real de lo que en realidad es ese colapso. Me di cuenta de que durante toda la serie, el derrotismo ganaba a las ganas de pelear. No paré de pensar en cómo poder anticiparme a todo eso que -tal y como pensé todo ese tiempo-"sí, va a pasar". Cómo protegerme a mí y a quienes quiero. Cómo se puede escapar de ese futuro aterrador, cuando no eres rica para comprar oasis. Cómo cuidar de la gente que quiero y que no les falte de nada. De dónde sacar comida cuando no haya abastecimiento. Dejas de pensar en el presente, el fatalismo se apodera de ti, como si ese futuro distópico ya fuera una realidad inevitable, y sin darte cuenta si no deberías estar poniendo los esfuerzo en aprender a remendar ropa, aprender a cultivar alimentos o acumular medicamentos en vez de en hacer activismo y seguir presionando.

Esta forma de tratar algo tan grave como el cambio climático nos hace caer en el catastrofismo, en darlo todo por perdido. Y todavía podría ser inocuo si no lo acompañaran las comunicaciones sobre este tema que existen en todos los medios de comunicación del mundo. ECODES, en uno de sus consejos a los medios, pide "Incidir no sólo en los impactos del cambio climático sino también en las causas y las soluciones. Los medios de comunicación se centran generalmente en las consecuencias, lo que conlleva un carácter catastrofista de la mayor parte de las noticias sobre cambio climático". Y eso nos hace mella, nos hace preguntarnos por qué luchar si ya está todo perdido y nada va a cambiar. Una parte de la sociedad se sumerge en este catastrofismo paralizante, mientras que otra parte -nada desdeñable- está embarcada en el optimismo infundado.

Anabela Carvalho, en "Comunicación, controversias e incertidumbres frente al consenso científico acerca del Cambio Climático", señala que "los discursos dominantes en los medios de comunicación han generado un espacio simbólico que promueve la inacción, reforzando tanto el actual sistema social, económico y político como las prácticas de consumo energético y las emisiones de gases con efecto invernadero". Además, analiza los tres discursos dominantes en los medios: por una parte, "el negacionismo residual ante el consenso científico" que todas sabemos perfectamente a quién señalar a este respecto. Otro discurso mediático son "las alarmas sobre el cambio climático y los discursos mediáticos alarmista-optimistas", que van desde estos futuros distópicos que acabamos dando por sentados hasta noticias muy mal enfocadas y con un optimismo absurdo sobre los pequeños respiros que pueda volcar cualquier estudio. Y el tercero es el que Carvalho llama "la hegemonía de las prácticas tecnoadministrativas y de los discursos acerca del desarrollo sostenible (por ejemplo, la prevalencia de "soluciones" técnicas o administrativas ante el cambio climático y la ambigüedad del discurso acerca del desarrollo sostenible)".

Este panorama explica que la sociedad en general sufra la paradoja de conocimiento-inacción, es decir, conocemos la gravedad de la situación y no la negamos en una inmensa mayoría, pero estamos inmersas en una inacción que -en mi opinión- se refleja en los políticos de todo el mundo, que siguen sentados cómodamente en la actitud del aspaviento.

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