El feminismo 'cómodo de Netflix' y el ejemplo de 'La Asistenta'

Un momento en la serie de 'La Asistenta'.- NETFLIX

La serie de Netflix La asistenta (Maid) está basada en el bestseller homónimo de Stephanie Land.  En él narra su propia vida. La serie está basada solo ligeramente en el libro, tendríamos que decir. La vida de Land fue mucho más solitaria que la de Alex (Margaret Qualley), y en su libro entrelaza su lucha contra la precariedad con sus reflexiones respecto a las casas (y habitantes) que limpia, teniendo siempre de fondo el lastre emocional que supone ser una víctima de violencia machista y, además, madre.

La directora de La asistenta, Molly Smith Metzler, creyó que la vida narrada por Stephanie era tan sumamente solitaria, que en pantalla resultaría poco atractiva, así que introdujo elementos y personajes que no aparecen en el libro, les dio vida y tramas, pero siempre intentando que estos no hicieran una compañía real a la protagonista, sino que le restaran energías y no supusieran ningún apoyo, dejando intacta la sensación de soledad. En mi opinión, lo consigue, pero metiendo la pata estrepitosamente con una de las historias.

Antes de entrar ahí, cabe decir que en esta serie se palpa la angustia y la ansiedad de ser, a la vez, mujer, pobre y víctima de diferentes violencias. Es un retrato que solo una mujer que se haya puesto esos zapatos puede contar. Solo una mujer con el peso de varias opresiones puede describir cómo es pelearse con el sistema laberíntico estadounidense (o de cualquier país, pero específicamente de este, el autoproclamado "país de la libertad"). Pelearte contra el mundo para salir perdiendo y para cerciorarte, por si aún albergabas dudas, de que también eres víctima de la violencia institucional.

La crítica al sistema, al acceso a las ayudas sociales y a la diferencia entre clases se ven reflejadas tanto en el libro como en la serie. Y también la violencia machista, no solo la física, sino la psicológica. Y no solo cómo afecta a las mujeres, sino a las criaturas que conviven bajo ese techo. También se visibiliza que demostrarla es, a veces, imposible, precisamente por las barreras del propio sistema que ataca a las mujeres en general y, con especial vehemencia a las más precarias .

Por desgracia, parece que otro tipo de explotaciones de las mujeres perpetradas por ese mismo sistema patriarcal sí están aceptadas socialmente y además tan profundamente que incluso se normalizan y romantizan en series como la misma de la que hablamos, "La asistenta". Una serie que, por un lado visibiliza y denuncia la violencia machista e institucional contras las mujeres y la feminización de la pobreza, decide que uno de los elementos que pondrá al rededor de la protagonista es una mujer rica (a la que la protagonista le limpia las miserias en su casa de lujo) que alquila el vientre de otra mujer pobre, la cual ni siquiera aparece en escena.

Dos formas de explotación de las mujeres en una misma serie, una con denuncia, la otra romantizada. Parece que el "feminismo Netflix", basado en el feminismo cómodo, es el único que acaba llegando a todos los rincones del mundo. Un feminismo a medias, descafeinado, sin profundizar demasiado. No sea que.

Parece aceptado ya que la violencia machista está mal. La violencia institucional va poco a poco siendo visible. Incluso la feminización de la pobreza. Bien. Pero hay temas como el género, el porno o la explotación reproductiva y sexual de las mujeres no solo están muy lejos de ser considerados importantes o dignos de mención en algún diálogo, sino que se reivindican como transgresores una vez veces, o como historias bellas, otras.

Luchar contra esta normalización y perpetuación de la opresión de las mujeres, además, de las profundas, es un trabajo que parece que solo corresponde al feminismo. Cosa de mujeres: que se encarguen ellas. Mientras no consigamos convencer a gran parte de la sociedad de cómo la explotación sexual y reproductiva forma parte de la columna vertebral del patriarcado, el feminismo será para la gran mayoría ese feminismo que muestra Netflix. Pero tranquilas, que tan pronto nos dejemos la piel luchando para visibilizar una explotación más, ellos harán lo propio y se dejarán una pasta en un contenido acorde a nuestro logro, con el cual volverán a conseguir ganancias millonarias.

Y con Netflix, en realidad, nos podemos estar refiriendo a cualquier marca de cualquier otro producto. La diferencia entre Netflix y todas las demás es que la primera llega a todos los rincones del planeta y con un contenido que modela a la sociedad como pocos: los contenidos audiovisuales, la ficción, lo que consumimos en nuestro tiempo de ocio, cuando más relajadas y con la baja guardia estamos.

Como nos recordaba Laura Astorga: "Maria Antonia García, ensayista española, detectó lo que ella llama el Efecto Penélope en la cultura, y se trata de que lo que hacemos de 9 a.m. a 5 p.m. en la academia, la política y la legislación rige un mundo abstracto y racional; eso sería el avanzar en el tejido de la manta de Penélope; pero luego, de 5 p.m. a medianoche rige una situación de esparcimiento, relajación, evasión y entretenimiento de formas totalmente emocionales. Entonces en el horario prime time nos plantan una narrativa sexista y misógina, que probablemente vemos junto con la cena, nos conmovemos emocionalmente, es decir sin un solo filtro racional y exponiendo nuestras pasiones, y ahí se desteje la manta de Penélope."

Nos relajamos, bajamos las defensas, solo queremos evadirnos un rato consumiendo ficción. Y ahí, también en "La Asistenta", serie aclamada por su buen hacer, la buena interpretación, teniéndonos embargadas por la empatía más pura hacia su protagonista, nos cuela durante varios episodios la explotación reproductiva de mujeres pobres. Tan pobres y apisonadas por el sistema como la protagonista con la que nos estamos conmoviendo en ese momento.

Por cada puntada que da el feminismo, el sistema y su plataforma estrella, Netflix, destejen como las máquinas que son. Pero las máquinas, al final, las hacen personas. Y el feminismo tiene la capacidad que colarse en cualquiera, como viene demostrando desde sus inicios. Seguiremos tejiendo para que las máquinas acaben trabajando por la abolición de la explotación, es decir, por la igualdad en general y la mujeres en particular.

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