Recuerdos dulcificados... pero no tanto

- PIXABAY

Leía la semana pasada esta columna de Diana López Varela sobre las intervenciones a las que se someten cada vez más mujeres, y hasta adolescentes. No deja de horrorizarme que el bótox  sea algo que ya se aconseja a chicas que acaban de cumplir la mayoría de edad. Y estoy segura de que no se las bombardea aún antes porque entraría el juego el consentimiento materno o paterno. Pero todo se andará.

Como hija de los años 80, esto me obliga a volver la vista a mis 18 años. Me visualizo con mis amigas saliendo de nuestro primer trabajo en una cadena de comida rápida y fantaseando con un destino donde pudiéramos viajar cuando hubiéramos ahorrado lo suficiente. Decidimos que Portugal. Éramos soñadoras y realistas a la vez. Más lejos sería imposible.

Nunca fuimos a Portugal. Teníamos preocupaciones más acuciantes en las que se no iba el poco dinero que ganábamos, como pagarnos la carrera o tomarnos cafés y cocacolas en nuestra cafetería favorita para compartir historias y risas durante horas. En los 2000, si nos hubieran dicho que nos pusiéramos bótox, simplemente nos hubiéramos partido el culo. La única aguja que vimos fue la de los piercings, y eso era ya lo suficientemente transgresor.

No había redes sociales, no nos bombardeaban con anuncios segmentados por nuestro sexo y nuestra edad, nos veíamos constantemente a chicas como nosotras con filtros inhumanos cubriéndoles cada poro de la piel, no había stories de Instagram que deslizar como posesas para descubrir que, aquellas que nos devolvían la mirada, eran todas "igual de guapas" -como escribía Diana- y que, en comparación con ellas, éramos todas muy feas, deformes y llenas de defectos. El bombardeo entonces venía de anuncios en la TV o de escaparates, así que nuestra exposición a la tiranía patriarcal era mucho más reducida: estudiábamos por la mañana y trabajábamos por la noche, y en nuestra cafetería no había ni TV. Nuestros complejos a los 18 se reducían a cosas como estar más o menos gorda o tener "suficiente" o "no demasiado" pecho.

Sin duda, nuestros 18 hubieran sido muy diferentes hoy. Nuestras conversaciones hubieran girado mucho más en torno a nuestro aspecto. Hubiéramos reparado infinitamente más en nuestros "defectos" y en los de las demás. Nos hubiéramos buscado arrugas, criticado el grosor de nuestros labios si no daban la talla y caminado con una mochila mucho más pesada de lo que ya era.

Y en ese hilo de pensamientos mientras leo a Diana, me sorprendo deseándoles a las chicas de hoy poder vivir un ratito en ese mundo ausente de esta gigantesca influencia de la tiranía de la imagen. Porque es cierto que entonces pensábamos que la modelo de colonias de la TV era una imagen inalcanzable para nosotras y nos lamentábamos por ello, la veíamos una vez al día, no a todas horas. Además, dábamos por hecho que las modelos eran de otra especie, de alguna forma nos decíamos que buscar en nuestro propio cuerpo un calco de ellas era simplemente imposible. Eso dolía, nos generaba complejos, sí, pero ahora esas modelos de colonias no solo están en la TV. Ahora las vemos emitiendo desde sus casas: mujeres y chicas anónimas con su móvil desde todas partes del mundo, parapetadas detrás de filtros imposibles. Hay tantas, que podrías pasar horas y horas al día en Instagram pasando stories, unas detrás de otras, sin repetirse jamás la misma chica, aunque todas sean parecidas porque los filtros son los que son, y las homogeinizan. Esto no solo afecta a las chicas que las miran, también a las que emiten. No me imagino cómo debe de sentirse una al mostrar esa imagen ficticia, soñar con que realmente eres así, para luego mirarte al espejo y ver que tu piel no es lisa, que tus ojos no son tan grandes ni tu boca tiene forma de corazón y que, en conjunto, eres mucho más "fea" de lo que eras hace cinco minutos, tras el "filtro belleza".

No me cabe ninguna duda que, en mi grupo de amigas, hubiéramos acabado ahorrando para bótox en vez de para viajar a Portugal. Y que el incentivo hubiera sido mucho mayor: la falsa promesa de la eterna belleza y eterna juventud tirarían más que Lisboa. Nuestra vida hubiera girado en torno al físico mucho más de lo que ya giraba. Entonces no pasábamos de la línea del hacer dieta, de lamentar la celulitis en verano, que a veces solo conseguías que saliera a la vista si apretabas la carne con las manos para decir "¡¡¡diooos, no, mira, tengo celulitis!!!" (gracias, farmacias del mundo, por su contribución a esto desde sus escaparates, que a día de hoy siguen siendo así). Lo único relacionado con intervenciones quirúrgicas que llegaba a nuestros oídos era la de aquella amiga de una amiga que se había operado la nariz. Cosa que entendíamos, porque quien acababa operándose, poseía una nariz tan grande que su identidad se reducía a eso: tener la nariz enorme, que no simplemente grande. Los motes, la presión, las mofas. Su identidad entera casi era eso: su nariz. Los chicos, no, claro, las narices de los chicos podían ser tan grandes como quisieran. Era incluso atractivo.

Más allá de que pueda tener dulcificados los recuerdos, porque nuestra imagen claramente nos preocupaba, y en todos los barrios había chicas con TCA, creo que es algo que no puede compararse con hoy día. Sencillamente porque el contexto ha cambiado, la exposición de las niñas y jóvenes a la presión se ha multiplicado por mil. Además, sin supervisión de ningún tipo, ya que lo que ven en redes se queda entre la pantalla y sus ojos, sin que pueda intervenir nadie para aconsejar, remediar, aliviar la carga que se va poniendo sobre sus hombros.

Internet y las redes sociales, la publicidad segmentada, tus datos generando algoritmos constantemente para generarte ansiedades y problemas que no tienes, pero que acabas teniendo, demuestra que cualquier cosa, incluso una herramienta de progreso que tantas cosas buenas aporta, se vuelve contra nosotras con una dureza insoportable. No es la herramienta en sí, por supuesto, es el sistema: el capitalismo y el patriarcado, ese matrimonio eterno. No es Internet, no son las redes: siempre, siempre, siempre es el sistema.

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