Opinion · Monstruos Perfectos

Deconstruyendo a Penélope Cruz

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Trece periodistas de distintos medios, Penélope Cruz y yo en uno de los salones del Hotel Arts me hacen pensar por primera vez en el trece como número fatídico a evitar para la próxima: mucho mejor y yo a  solas. Otra vez será. Primera comparecencia europea promocional para la película de Woody Allen de la actriz que no es ni Vicky, ni Cristina ni Barcelona, que entra en la sala sobre unos tacones inconmensurables bajo la campana de sus vaqueros, nos saluda uno a uno con la mirada mientras se sienta con una sonrisa, pregunta si no tenemos frío, y se abriga con una chaqueta Chanel que nosotros olvidamos traer. Imperdonable falta de previsión la nuestra.

Penélope habla, sonríe, se carcajea, mueve sus manos –preciosas y desnudas– en el aire y nos muestra quién no es: ni Audrey ni la Loren, ni esa antipática diva que nos pretenden vender a microfonazo sucio por los aeropuertos, ni la ex de, ni la novia de quien sea. Ni siquiera un icono capilar publicitario.

La Cruz es una actriz, una encantadora de serpientes que nos seduce en apenas media hora, suficiente para hacernos olvidar todas las estupideces que hayamos podido leer o escuchar sobre ella, y nos convence de que tales despropósitos sólo pudieron surgir de la distancia que da la mezquindad.

Penélope es una estrella internacional, una construcción de fantasía perfectamente medida, una inteligentísima ficción con voz suave, amplio vocabulario y ojos para todos. Que ayer nos hizo elegir entre su magia blanca de proximidad o el ilusionismo amarillo de los demás. Yo, por supuesto, me quedo con la magia, y ni siquiera me atrevo a husmear para descubrir los trucos.