Mucho gusto, Mr. Blackwell (1922-2008)

richard_blackwell.jpgCreo que me he pasado toda la vida admirando a Richard Blackwell, por diferentes motivos.  En primer lugar, por haber sido el modisto de Jane Mansfield y Jane Russell en sus respectivas épocas de esplendor estelar y carnal, por haber contribuido con sus trajes imposibles a construir la personalidad de dos ejemplos del Hollywood dorado menos mojigato y más transgresor.  Aunque de esa faceta de Mr. Blackwell me enteré cuando ya llevaba algunos años fascinado por sus listas anuales de las estrellas internacionales peor vestidas. Unas osadas nóminas que, año tras año, arremetían contra las mismas mamarrachas que las revistas de moda habían convertido en iconos de portada, en musas  de ETT impuestas por sus anunciantes.

Siempre me maravilló la valentía impatrocinable de Mr. Blackwell, su condición de outsider perfectamente asimilado por el negocio del espectáculo y, por supuesto, sus textos; una mezcla aligerada de las mejores citas apócrifas de Dorothy Parker, las pullas al vodka de Truman Capote o los impagables consejos de vida metropolitana de la genial Fran Lebowitz.

Adiós a Mr. Blackwell, a quien tanto debemos quienes nos dedicamos a este deleznable oficio del patronaje verbal y las maledicencias superficiales. Y a quien hay que reconocerle el mérito de haber conseguido trabajar solo una vez al año. ¿He escrito que le admiraba? Mentira. Era pura envidia.