Los extremos del porno

“Cada uno está solo en su pornografía como lo está en sus huellas dactilares”, escribieron Andrés Barba y Javier Montes en La ceremonia del porno. Una soledad que puede convertirse en sórdida épica carcelaria a partir del próximo uno de enero en Gran Bretaña, cuando entre en vigor una ley que condenará a penas de cárcel a todos aquellos que sean sorprendidos en posesión de ‘pornografía extrema’. Una definición que puedo entender desde su clasificación como género pero no soy capaz de aplicar a la contundencia de una condena en un tribunal, y que para los legisladores británicos es aquel material pornográfico que “muestre violencia que es o parece ser una amenaza para la vida.” Parece.

No pienso entrar a defender a la industria pornográfica –que será, como tantas otras, un festival de explotaciones– sino a preguntarme por ese parecer que nivela al porno con la realidad. Lo destierra de la fantasía y del deseo para convertirlo en algo que sucede de verdad. Niega su condición de cine de ficción y lo hace documental. Ubica al porno en una dimensión más allá del sexo de verdad, que no lo es nunca. O al menos no lo es cuando nos proporciona placer no extremo: así lo que nos gusta es una construcción cultural, un desfile de clichés que fuimos acumulando. Pero lo que nos duele, las hostias, sí son ciertas.

Tal vez, cada uno esté solo en su pornografía como lo está en sus huellas dactilares… marcadas en carne ajena. No sé.