John Giorno simplemente dice no a los valores familiares

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John Giorno (Nueva York, 1936), el bello protagonista durmiente de la primera película de Andy Warhol (Sleep, 1963), pionero del performance poético y de la intervención tecnológica en la poesía, se meció al ritmo de sus palabras sobre el escenario del Kosmópolis barcelonés el sábado pasado.

Fue una exhalación de épica de la experiencia –lisérgica, mística, sodomita, tántrica, militante, cancerígena– un recital de poesía de memoria y del recuerdo donde Giorno conjuró cualquier tentación de nostalgia, sin recrearse en amortizar sus glorias y con la certeza poética de que cualquier tiempo pasado fue tan malo como el actual –”lo peor/ en este instante/ está sucediendo,/ realmente lo peor/ está sucediendo ahora,/ la vida continúa”– , expuso la desnudez de su propio personaje mítico para entregar su abultada nómina de célebres amantes, amigos y colaboradores (Jasper Johns, William Burroughs, Keith Haring, Robert Rauschenberg o Andy Warhol) a manos de los espectadores con cadencia de mantra –”que vengan todos aquí y os hagan el amor/ si queréis./ Que os acojan en sus brazos,/ os follen el corazón a gusto/ os follen el corazón a gusto/ os follen el corazón a gusto./ (…) No os echo de menos,/ No echo de menos a ninguno de ellos, no hay nostalgia./ Fue maravilloso que nos amáramos/ pero no quiero a ninguno de ellos de regreso”–, o emprenderla contra el miedo: “Los fundamentalistas/ cristianos,/ y los fundamentalistas/ en general,/ son un virus/ y nos están matando,/ multiplicándose/ y mutando,/ y destruyéndonos,/ ahora,/ tú lo sabes,/ hay que dar/ una medicina potente/ para combatir/ un virus.(…) Simplemente di no/ a los valores/ familiares.”

A sus setenta y dos años, totalmente de negro y con zapatillas deportivas, este suicida vocacional que contempla cómo la vejez le acerca a su objetivo final, empapó el escenario del CCCB con la obscenidad visceral de su poesía, el catálogo de sus fantasmas, hechiceras o musas, y la sacralidad de los ácidos, los fluidos y los cuerpos. Giorno reescribió anteanoche sus poemas a golpe de voz, sudor y dulces espasmos articulados para chapotear a saltos sobre sus versos y salpicar el patio de butacas hasta dejarnos perdidos. Hasta dejarnos saber que estábamos perdidos.

Fueron apenas tres cuartos de hora en primera fila ante John Giorno, tan cerca como  para imaginar que sabíamos a qué olía; suficientes para volver a conmovernos a su ritmo, compuesto por el de todos los ruidos de sus viajes, de fuera adentro y a la inversa. Una celebración de la conciencia, de la palabra y la lucidez que da la resistencia.